Libertad, paz y justicia en el mundo
Nos dice el preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos lo siguiente:
Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana;
Cualquier análisis en profundidad de los derechos humanos alcanza rápidamente una conclusión: la distancia que existe entre el texto y la realidad es, en nuestros días, insalvable. Es cierto que el preámbulo de la declaración deja bien claro su carácter de “consideración“. Dicho de otra manera: no tenemos por qué estar de acuerdo con ello, ni mucho menos asumir la propuesta como una verdad absoluta. Personalmente, no es que no esté de acuerdo, ni que la idea me parezca disparatada: entiendo que en un mundo integrado por países que aspiran a vivir en condiciones internacionales dominadas por la libertad, la paz y la justicia deberían partir de un reconocimiento recíproco no sólo de la soberanía de cada país, sino también de la dignidad de sus ciudadanos, componentes todos ellos de ese concepto tan peculiar y característico de los derechos humanos que es el de “familia humana“. Así sería al menos en una situación ideal. ¿Quién se atrevería a negarlo?


