Conocimiento en la red
Hablar de la sociedad del conocimiento nos lleva ineludiblemente a indagar en cómo se construye este conocimiento. En el modelo “Gutenberg” llegar a crear un contenido cualquiera implicaba pasar un filtro previo constituido por alguna de las industrias culturales de que se tratara: mundo editorial, mercado artístico o mecenazgo, opciones de presentar una ópera en un gran teatro, un museo o una discográfica. Sería ingenuo pensar que todas estas industrias se muevan únicamente por la calidad de los trabajos. En ocasiones eran muy distintos los criterios por los que los conocimientos llegaban a la esfera pública. No sólo eso: la ciencia, la filosofía o la literatura podían construirse de una manera certera, con citas y referencias fiables, que se podían contrastar. La tarea de esta industria que tantas críticas ha recibido en los últimos años consistía precisamente en seleccionar aquellas contribuciones que sí merecían ser conocidas por toda la sociedad.



Alguna vez han salido por aquí, de una forma más o menos indiecta, los efectos terapéuticos de la filosofía. Nombres y obras se pueden dar muchos, y más desde que de un tiempo a esta parte se ha puesto muy de moda el movimiento de la asesoría filosófica. Pero mucho antes de que los norteamericanos vinieran a descubrir que la filosofía puede traer beneficios a la vida personal han existido ya hombres que, en un momento de su vida, deciden retirarse de la vida pública, y entregarse a una privada serenidad de la que disfrutar. Y hay quienes adoptan la escritura como terapia, sin necesidad de llamarla así, sin la urgencia de que todo tenga un nombre lo más científico posible. A veces la lectura de estos autores resulta también terapéutica. Algo de esto le debió de ocurrir al autor de la obra que nos ocupa.