Violencia y educación
Después de que los finalistas de la olimpiada escribieran su ensayo, hubo un tiempo para seguir abordando el tema de la violencia. En esta ocasión, se planteó el tema de educación y violencia. Paradojas del destino: da la sensación de que no hay conceptos más opuestos entre sí que estos dos. Hemos oído ya muchas veces que la educación es la mejor arma contra la violencia y que es un ingrediente indispensable de una sociedad pacífica. Existe la educación para la paz y no hay ni una sola O.N.G. en favor de la paz que no incluya en su línea de actuación actividades que tienen que ver con la educación, sea de una forma directa (creación de escuelas) o indirecta (distribución de materiales y recursos para educar en la paz). De manera que llevados por cierta inercia intelectual podemos llegar a pensar que la violencia y la educación son dos conceptos íntimamente unidos. Algo que resulta problemático a poco que tratemos de encontrar alguna relación, o reinterpretando qué es la violencia y qué es educar. ¿Acaso no será todo acto educativo como tal una acción violenta?



Como si de un imán se tratara, el mundo educativo suele acaparar el noventa por ciento, si no más, de las conversaciones entre docentes. Y no siempre para mal: también se puede hablar, por ejemplo, de los mejores alumnos de cada grupo. Un tema en el que, como no podía ser de otra manera, tampoco hay unanimidad: cada profesor cuenta con sus propia “tipología”, en la que puede haber rasgos de lo más diverso. Están, por ejemplo, los que consideran que los mejores son siempre aquellos que logran las mejores notas: si somos profesores de un centro educativo y los alumnos vienen a estudiar, la opción más lógica apunta a esta concepción técnica del asunto. Pero ello no impide que haya otras formas de valorar a quienes día a día vienen a las aulas con el afán de aprender: quizás el objetivo del sistema no debería ser sólo la formación intelectual, sino también fomentar que quien termina la secundaria, el bachillerato o un ciclo formativo cualquiera sea una buena persona. Y evidentemente no tiene por qué coincidir aquel que se empeña en sacar las mejores notas posibles con el que es tenido por bueno.