De filósofos e interpretaciones
La tarea docente viene marcada siempre por ciertos rasgos personales. Aquello de “cada maestrillo tiene su librillo” es más que un mero refrán. La forma de dar clase, los materiales seleccionados, los criterios de evaluación, la metodología… son tantas y tantas las variables que intervienen en el transcurrir de una clase y una asignatura que se hace poco menos que imposible unificarlas. El currículum, el proyecto educativo y las programaciones didácticas no dejan de ser meras aproximaciones a lo que sucede en el aula, condicionado mucho más por los alumnos y el profesor que por cualquier principio pedagógico u orientación curricular. Y es que ni siquiera en cuanto a los contenidos somos capaces de ponernos de acuerdo, al menos en las asignaturas filosóficas. Después de varios años de estudio en la universidad, de cientos de lecturas acumuladas y de otros cientos de horas de formación en cursos del más diverso pelaje, seguimos viendo el ruedo filosófico de una manera particular. Hasta el punto que no sabe uno si explica filosofías y filósofos o sólo interpretaciones y perspectivas sobre ellos.


