Escribir y vivir
La experiencia de la lectura es tan diversa, abierta y plural como la vida misma. Hay libros que nos ayudan a pasar el rato o nos “entretienen”, otros que se convierten en compañía permanente y silenciosa. La biografía de los que disfrutan leyendo ha de contar siempre con unas lineas en las que se especifique qué obras han dejado escrito un mensaje en la vida del lector. En cierta manera, la lectura implica una cierta “transfusión”, no de sangre, pero sí de vidas, ideas, personajes, sentimientos y situaciones. El lector vive muchas vidas en una sola. Lo mismo le tiene que ocurrir al escritor: tiene que ser un vividor, no en el sentido más cotidiano del término, sino en un sentido más literal. En el acto de escribir tiene que dejarse la vida, proyectarse en las letras que va tejiendo y pintando. Algo que, sin embargo, no siempre se logra, y es aquí donde podría introducir una distinción fundamental que nos podría servir (sin pretender ser taxativos) para distinguir buenos libros de otros que no lo son tanto. Jugando a críticos literarios, quizás se podría aplicar este axioma: pasan a la historia de la literatura las obras de aquellos que se juegan la vida en cada palabra.


