La vida de los otros
Mirar es una de las pasiones del ser humano. Decía Aristóteles que la vista es uno de los sentidos predilectos del ser humano. Hay algo de mágico en mirar, de poderoso. Algo que dota a los ojos y todo lo que registran de un poder especial. La mirada se asocia a veces al poder: gracias a la contemplación llegamos a dominar la naturaleza y gracias al espionaje el sujeto termina anulado por una red invisible que termina conociéndolo todo. La historia reciente de Europa incluye varios casos, y de los actuales no nos enteraremos hasta que pase el suficiente tiempo, como para que ya nada importe. La vida de los otros recupera precisamente este tema: los instrumentos de dominación del poder, y su capacidad para tocarlo todo, para configurar la realidad. No hace tanto que el poder político exigía no sólo cierta sumisión entendida casi como habitual en nuestros días: no se trataba sólo de integrarse en una forma de vida, sino de comulgar con ella, hasta el punto que pensar distinto era un acto de disidencia. Es entonces cuando mirar se convierte en una actividad esencial para el mantenimiento del sistema.


