Nada cambia. Nunca.
Se equivocan, y mucho, los que piensan que el mundo es una sucesión imparable de cambios imposible de dar una estabilidad a la realidad. Se quedan con la anécdota, con la imagen y apariencia de las cosas. Viven, en definitiva, en la superficie. Todos los días vemos cómo se cumple aquella vieja frase: “nada nuevo bajo el sol“. La historia es la mejor confirmación de este hecho: los amos y los esclavos han dado paso a otras oposiciones igualmente tensas y contradictorias. Norte-sur, patronal-sindicatos, consumidores y consumidos. El tiempo de los hombres se escribe desde el inicio de los tiempos con la sangre de los mismos, y los proyectos morales y éticos no han dejado de ser tales desde hace varios milenios. Que todo cambie, para que todo permanezca. Nos lavamos la cara o la maquillamos, pero siempre seguimos siendo nosotros, los mismos. La misma gente, la misma sociedad, la misma riqueza y la misma miseria. La redistribución es el espejismo del pobre. Los honores, la comodidad y la fama son el de los ricos. Hoy, igual que ayer y antes de ayer. Siempre igual, siempre lo mismo.


