La genealogía de Nietzsche (y su voluntad de poder)
Una vez al año, por estas fechas, más de un profesor de filosofía no puede evitar sentirse un tanto contradictorio. Especialmente si se empeña en “vivir” o en “asumir” las ideas del autor que toca explicar en cada caso. Y este es uno de los problemas de presentar las ideas de Nietzsche: cualquier interpretación desde la lógica o la coherencia que se espera de la filosofía está condenada al fracaso. Algo que con toda seguridad preocupaba muy poco al filósofo alemán, sí que se convierte en una complicación para los alumnos de bachillerato. Resulta inconcebible que alguien que suele presentarse como una de las mentes más desarrolladas de su tiempo pudiera vivir plácidamente instalado en la contradicción, en la afirmación de un presente absoluto conceptualizado por el eterno reterno, sin renunciar a una voluntad de poder que irremediablemente nos obliga a mirar al futuro. tensiones que de una forma u otra terminan apareciendo en todas las filosofías que en el mundo han sido, pero que en caso de Nietzsche son clamorosamente comprobables.



Ayer asistimos a una señal más del inexorable paso del tiempo. Nietzsche se equivocaba, al menos desde la perspectiva individual: no hay eterno retorno. Muy al contrario: hay procesos que no se repiten nunca. Jamás volveremos a ser lo que fuimos. El llanto de Federer en la pista de Australia cumple el imperativo del pensador alemán: “¡Sed como niños!” La figura del niño como propuesta moral, pero aplicada de un modo que quizás no estuviera en la crítica mente de Nietzsche: el juego inconsciente e ingenuo se ha transmutado en las lágrimas de quien día a día comprueba que ya no es el campeón que era, sea porque va perdiendo sus facultades o porque otros mejoran en su juego. “Esto me va a matar“. Efectivamente. No importa que “esto” sea un récord que se le resiste al mejor jugador de todos los tiempos, que “esto” se refiera al que se ha convertido su gran rival o que “esto” sea simplemente la constatación de que se han perdido las fuerzas, de que hay una nueva generación que ha venido para sustituirte. Al final, nada de eso te mata. El tiempo se encarga, él solito, de hacerlo.