Cinco grandes falacias para la política
Las falacias eran antes uno de los temas característicos de la asignatura de Filosofía. La última reforma, expandiendo el aroma a “ciudadanía” eliminó la lógica del currículum, y las falacias (al igual que las paradojas) han quedado en una especie de “limbo académico”: si se explican es más por “voluntarismo” docente que por recomendaciones legales. No se sabe si acaso será esto una maniobra política, para que los ciudadanos sean “buenos” (en el sentido de “dóciles”) y no se den cuenta de la cantidad de falacias que circulan por nuestro parlamento. Aquí van algunas de ellas:
- Falacia ad hominem: consiste en descalificar o insultar al oponente. Lo más patético del caso es que este tipo de falacia suele ser aplaudida por los compañeros de partido. Mal asunto: aquellos que aplauden son todavía más necios que los que han de recurrir al insulto como único recurso argumentativo.
- Argumento de autoridad: establece la verdad de la tesis defendida por los conocimientos que posee quien lo defiende. La cantidad de asuntos que se resuelven apelando “a los expertos”, produce estupor: desde el aborto hasta la tauromaquia, pasando por la política económica. Lo que no parece estimarse es que siempre será posible encontrar “expertos” que defiendan la tesis opuesta.
- Argumento ad baculum: el argumento de la fuerza parece lo más antidemocrático posible, pero también tienen su versión política. Algunos ejemplos: las decisiones políticas en parlamentos con mayoría absoluta o el recurso al decreto-ley al que recientemente se ha visto obligado más de un gobierno.
- Falacia ad populum: la sociedad o “el pueblo” sólo tiene razón cuando a los políticos les interesa y a menudo argumentan trasladando a la sociedad que representan sus propias ideas. Defendiendo propuestas contrapuestas, todos pretenden ser los abanderados de los intereses del pueblo.
- Falacia ad nauseam: apela a los sentimientos y las emociones y a la repetición de lemas que no aportan razones y se dirigen a la parte pasional del ser humano. Abundan, fundamentalmente, en la campaña electoral, con promesas que nos presentan un futuro idílico. Igual da prometer pleno empleo y subida de pensiones, que hablar del futuro de los niños. Todo será verdad, siempre y cuando no se razone demasiado y se repita el mensaje hasta la náusea.


