El deseo ha sido unánime durante los últimos días. El cambio del calendario parece ser el momento más adecuado para dar rienda suelta a los buenos augurios. El feliz año va de boca en boca. Añadiéndole, cómo no, un adjetivo insoslayable: nuevo. Un anhelo de felicidad para un tiempo nuevo, para lo que está por venir. Sin duda hay buena voluntad, pero se pone sobre la mesa un asunto muy filosófico, como es el de la felicidad. El deseo de feliz año nuevo parece presuponer que la felciidad va asociada al tiempo y que exige una cierta duración. No basta con desearlo durante un minuto, unas horas, días o meses. Aspiramos al año completo. Añadiéndole la novedad en cierta manera estamos también pidiendo una cierta toma de conciencia: ser feliz en el tiempo que viene y darnos cuenta de ello. Saber el tiempo que vivimos y sabernos felices en el mismo. Algo que no sólo depende de nosotros mismos pero que sí requiere una cierta actitud “felicitante” a priori: antes del tiempo, antes de que empiece el año y pase por encima de nosotros, nos disponemos a exprimirlo, a transformarlo en un tiempo de felicidad.
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