¿Por qué no hablan los filósofos?
A los profesores de filosofía suele gustarnos la práctica del lógos. La importancia del lenguaje y la palabra dentro del mundo del pensamiento es capital. Y por eso uno de los objetivos de nuestras asignaturas debería ser el suscitar el diálogo: que los que se inician en el mundo de las ideas hablen. Que nadie piense que esto es una especia de moda “democrática” impuesta por los tiempos. Muy al contrario: la filosofía tiene sus orígenes en la charla y el chismorreo. El intercambio de historias, mitos y vivencias provocó lo que se conoce como el paso del mito al lógos. Sólo unos siglos después, los sofistas y Sócrates harán filosofía de la palabra viva. No es casualidad que Platón escribiera diálogos: aunque en ellos se trate de establecer una tesis y de defender una teoría concreta, hay confrontación dialéctica, lucha de palabras. Los textos de Aristóteles son menos abiertos, pero estaban pensados también para ser discutidos, para debatir en torno a ellos disfrutando de un plácido y provechoso paseo filosófico. Y no son los únicos ejemplos: cartas, discursos, disputas públicas, textos para ser leidos y discutidos entre todos. Actividad filosófica que parece silenciada por el monólogo actual.


