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Todos conocemos el sistema tradicional de creación y transmisión de conocimiento: los diferentes “especialistas” lograban despertar el interés de revistas especializadas, editoriales, universidades o simplemente mecenas que permitían que su trabajo se difundiera, bajo diferentes “sellos” de calidad: publicar un artículo en ciertas revistas científicas es un privilegio al alcance de muy pocos. Con el tiempo, unas investigaciones se apoyaban en otras, los autores se citan y de este modo el conocimiento se iba construyendo de un modo social muchísimos siglos antes de que los grandes renovadores, revolucionarios y creadores nos hablaran de la web 2.0. Y es que Aristóteles y Platón ya incluían citas a los presocráticos hace la nada despreciable cifra de 24 siglos. Con la aparición de páginas web, blogs y demás herramientas (colaborativas y no colaborativas) aparece el “hipertexto”, palabra pretenciosa aunque sólo sea por su prefijo: si vamos a la etimología sería más allá del texto, por encima del texto, superioridad o exceso respecto al texto. El asunto queda claro si lo expresamos en latín: tenemos el supertexto. Seguir leyendo…


