La ventana indiscreta
Hace unos días volvían a poner en la televisión uno de los clásicos del cine: La ventana indiscreta. Lo más habitual es quedarse con la trama principal: se trata de una película de intriga en la que se van descubriendo las pistas de un asesinato. Es lo que tiene el aburrimiento y la convalecencia obligada: da tiempo para muchas cosas. Esto es lo que le ocurre al protagonista de la película: tras un accidente no tiene más entretenimiento que mirar por la ventana. Opción que marca ya una distancia respecto a nuestro tiempo: es difícil imaginar que alguien encontrara hoy divertimento en mirar por la ventana, estando a nuestra mano el amplio abanico de “ocio” que nos ofrecen televisiones, radios, y maquinitas de la más diversa índole. Posibilidades técnicas que son, en realidad, otra forma de mirar, más sofisticada y aparentemente moderna. Entrometimiento al fin y al cabo. Porque el ser humano es el animal curioso, que siente el deseo de saber de los demás. Sea a través de una ventana, por medio del correo electrónico o con la llamada telebasura. Vivimos enganchados al resto.


