Individuo y sociedad en el estado del bienestar
El estado del bienestar es considerado en la teoría política como uno de los mayores logros de la historia reciente. No sólo es un factor de igualdad, sino también un motor de “solidaridad” institucionalizada: organizar subsidios de desempleo, sistemas públicos de salud o educación o un sistema de pensiones es sin duda una manera de proteger a los ciudadanos, en otros tiempos denominados simplemente individuos o sujetos. Desde un punto de vista moral o social parece difícil encontrar pegas al estado benefactor: gracias a él se organizan atenciones y cuidados que de otra manera conducirían a la miseria que no hace tanto caracterizaba a las sociedades occidentales. Las políticas sociales señaladas anteriormente nos parecen “naturales” en un proceso de negociación “informal” con los diferentes gobiernos: terminamos asumiendo que los diferentes partidos políticos han de ofrecernos “servicios”, como clientes suyos que somos. Finalmente, el clientelismo termina asomando también en política, convertido en algo asumido y aceptado: habrá que votar a aquel que promete mayor bienestar.



El pensamiento humano se organiza a menudo en torno a oposiciones conceptuales. El choque, el antagonismo y la contradicción son sin duda uno de los lugares comunes del pensar. El color del cristal con el que se piensa nos lleva a un punto de vista u otro y no siempre es fácil encontrar puntos intermedios (otra de las estrategias de la razón, por cierto). Algo de esto es lo que pasa con el individuo y la sociedad. El uno no se puede entender sin la otra, y viceversa. Sin embargo, eso no impide que una de las preguntas de fondo que subyace a toda sociología sea si se puede entender la sociedad simplemente como una mera suma o agregado de invididuos, o si, por el contrario, la interacción social provoca el surgimiento de una nueva realidad, un nuevo todo o unidad que debe ser estudiado desde una perspectiva propia y específica. Pregunta que podríamos considerar secundaria pero que es imprescindible responder (de una u otra forma) para poder fundamentar otros conceptos más cercanos: desde el cambio social a la responsabilidad.