De lo inefable
Se dice que hace mucho, mucho tiempo se utilizaban rodeos lingüísticos para nombrar aquello que no se podía nombrar. Las etimologías de ciertas palabras se explican precisamente por este tabú lingüístico. Se trataba, en este caso, de una prohibición de tipo social: por las circunstancias que fuera, había motivos que se consideraban suficientes como para dejar de utilizar esta o aquella palabra. Si bien solían ser supersticiones, había otros casos: motivos políticos, sociales o simplemente históricos. Debajo de esta “inefabilidad” se escondía otras veces la psique humana: el miedo, el temor o el dolor, el sufrimiento o la pena. Nadie nombra la soga en casa del ahorcado, de la misma forma que el que juega con fuego se quema: puede perder la vida el que nombre al innombrable. La censura no deja de ser otro mecanismo de inefabillidad: el poder se impone de un modo tan dominante que elimina del lenguaje las palabras “comprometedoras”. Siempre hubo “neolenguas”. Ha habido momentos de la historia y aún existen lugares en los que gritar la palabra “libertad” supone un riesgo inmediato.


