Shutter Island
Hablando en clase del genio maligno cartesiano, una alumna me habló de Shutter Island, una película que se sitúa a medio camino entre la cordura y la locura. De partida, nos presenta la cruzada de dos agentes que llegan una isla un tanto secreta y misteriosa, en la que están internados delincuentes peligrosos aquejados de enfermedades psiquiátricas. La extraña desaparición de una de las internas abre una investigación en la que van asomando los fantasmas del pasado de uno de los agentes, Teddy Daniels, a la vez que se descubre que el centro podría estar siendo utilizado para realizar experimentos con seres humanos. Y para terminar de rematar el asunto, se desvela que el agente Daniels ha entrado en la isla con la intención de solventar una vieja rencilla personal, ya que en ella se encuentra el pirómano que prendió su casa. Un cóctel explosivo como para que el genio maligno cartesiano haga de las suyas.



A veces el sueño provoca reacciones inesperadas: hay quien habla mientras duerme, otros incluso se levantan y pasean. La película de la que hablamos hoy da un paso más allá: algunos llegan incluso a matar. Hasta esos límites (y más allá) llega el poder del inconsciente: anular la voluntad y quedar entregado a otro, a un dueño capaz de decirnos qué debemos hacer. Sin ningún tipo de restricción moral. Sin prohibiciones ni cuestionamientos. El gabinete del doctor Caligari nos habla precisamente de esto: del poder del sueño y del inconsciente, en un tiempo en el que el psicoanálisis estaba en un auge imparable. Bucear en las profundidades oscuras de la conciencia, con una componente adicional: el poder, la sumisión a otra voluntad como trasfondo. La ambición de la ciencia por conocer desemboca en la irracionalidad de la dominación: quizás si conocemos los mecanismos del sueño podamos llegar a subyugar al soñador, a obligarle a hacer incluso lo que jamás haría en estado de vigilia. La ciencia, el poder y el inconsciente: un cóctel explosivo para una película sorprendente.