Ciencia y metafísica
Una de las críticas más habituales hacia la metafísica, formulada en ocasiones desde la propia filosofía, señala su abstracción y su inutilidad, la imposibilidad de contrastar el discurso que la filosofía elabora sobre la realidad con una naturaleza esquiva al concepto. Sabemos que esta crítica suele proceder desde las más variopintas versiones del empirismo o del positivismo. La otra cara de la moneda suele ser la defensa de lo que podríamos llamar una visión científica del mundo, que habría venido a ocupar el lugar de la metafísica. El alto grado de formalización dota a la ciencia de dos cualidades de las que carece la filosofía: capacidad de predicción y de construir leyes con un valor prácticamente universal. Este proceso de suplantación se inició allá por el siglo XVIII: sin que Newton lo supiera, estaba poniendo las bases de una nueva forma de ver el mundo, que terminaría aniquilando cualquier reflexión especulativa sobre la realidad. Kant no tardó demasiado en darse cuenta de esta transformación: en su obra principal concluye entre otras cosas que la metafísica no es posible como ciencia.




Hace muchos, muchos años, según cuentan los cronistas, acudió la célebre Carmina de Lomania a conocer a Diógenes de Sínope, el famoso filósofo cínico. El encuentro se produjo en las afueras de Atenas, pues ya para entonces habían desterrado a Diógenes por falsificar la moneda. La de Lomania mostró su interés por el cínico porque había oído hablar mucho de él en la ciudad: sus andanzas y anécdotas corrían de boca en boca y la pincelada pseudocultural se había puesto de moda en los ambientes más selectos, por lo que la curiosidad la empujaba a ver en directo a tan singular personaje. Además, siempre era buena cosa que otros ciudadanos la vieran acercarse al sabio de Sínope: adornando la visita de caridad y de interés filosófico mataría dos pájaros de un tiro. Estaba completamente segura de que al día siguiente no se hablaría de otra cosa en toda Atenas. Elegante pero discreta, no había que hacer ostentación, paseó por Atenas hasta tropezar con un anciano un tanto andrajoso y deaseado. Aunque resultaba desagradable hablar con él, le dijo lo siguiente:
Durante estos días, se exhibe por nuestro país Miley Ray Cyrus, conocida entre el público adolescente como Hannah Montana. Es difícil no toparse con ella: navegando por internet, leyendo el periódico o digiriendo el telediario. Lo más probable es que antes o después nos cuenten algo de este nuevo producto televisivo, artefacto de los cálculos mercadotécnicos. Algunas de las imágenes son abrumadoras: adolescente de 16 años acosada por miles de fans allá donde va. Si nos remitimos a la etimoología, la palabra adolescencia guarda cierta familiaridad con el adolecer. Se trata de un periodo de carencias. Algo que los “hacedores” de Hannah han invertido: han creado una chavala que se presenta ante su público como un icono, un ídolo al que imitar y seguir. Ninguna estrella adolescete es adolescente, y esta no es una excepción: la imagen pública transmite seguridad, equilibrio emocional, madurez e incluso ciertos valores morales. La publi y el disney logra que los adolescestes persigan y adoren a un modelo que psicológicamente vive en las antípodas de lo que ellos experimentan. Pero no es esta la única lección “antropológica” que podemos extraer del reclamo de la industria cultural.
Ayer hablábamos de diferentes 