El enemigo común
Violencia. Esto es algo de lo que somos. Y por eso nuestro pasado está marcado por la agresión, por la muerte “no natural”. Nos destrozamos a nosotros mismos y destrozamos nuestro entorno. Somos la única especie animal capaz de poner en peligro su propia supervivencia debido a su capacidad destructiva. Y esta disposición violenta aparece de manera recurrente en la literatura, el cine, la filosofía o la ciencia, que puede darnos una explicación bien sencilla de la misma desde parámetros genéticos y evolutivos. La paz parece un objetivo imposible de alcanzar, no por cuestiones puramente políticas o económicas, sino porque en nuestra propia naturaleza estaría muy asentado el comportamiento violento. Hoy proponemos una pregunta de “filosofía ficción”: ¿Lograría un enemigo común unir a toda la humanidad?



Alguna persona imaginativa podría pensar que hoy sacaremos las críticas más aceradas en contra de una práctica tan extendida entre la juventud española (quizás como pura mímesis de los adultos que los educan) como es el botellón. Nada más lejos de mi intención. Es otra la botella a la que queremos darle alguna que otra vuelta hoy: hablaremos de la botella de la vida. Sé que la metáfora no es de las más lúcidas, y a buen seguro habrá por ahí quien esté más que dispuesto a mejorarla. Pero vamos al tema, que no es otro que la botella. La misma que en los juegos adolescentes gira sin parar hasta señalar al afortunado que tendrá que superar una prueba o recibir un beso del anterior elegido (o elegida, dependiendo de gustos y tendencias). El azar salvífico o condenatorio, que puede llegar a decantar el curso de nuestra vida. El cuello de botella trastocado en índice señalador de destinos, organizador de experiencias y vivencias. Somos, en cierto modo, lo que vivimos. Y esto nos hace ver la botella de varias maneras distintas.