De chiste: Batman, Robin y la pragmática del lenguaje
La situación nos resulta más o menos familiar: una tarde veraniega del mes de julio, un amigo algo graciosete y con cierto gracejo para el tema del humor se arranca a contar el último chiste que ha escuchado por ahí. Uno de los últimos vestigios, por cierto, de la cultura oral: el género del chiste sobrevive y goza de excelente salud gracias al boca a boca. Pero pongámonos en situación: ¿Cómo le dice Batman a Robin que se suba al batmóvil? Inmediatamente se desatan las más retorcidas de las hipótesis: el contador de chistes es también sagaz y peleón con el lenguaje, por lo que la respuesta ha de ser inesperada y chocante. Alguno de sus amigos puede perderse pensando en Batman, Robin y los videojuegos. Es posible que la respuesta vaya por ahí. Algún otro, más malintencionado, hace cábalas con la rumorología que desde hace décadas circula alrededor de la relación de Batman y Robin. Todos a la espera de la solución, esa frase enigmática que a buen seguro desatará más de una carcajada. Es así, y no de otra manera como funcionan todos los chistes.


