Origen
La cuestión de la diferencia entre el sueño y la vigilia tiene un largo recorrido en filosofía. Aparece también en la literatura, el arte y, como no podía ser de otra manera, el cine. Origen, una de las películas del verano, juega con esta oposición, añadiéndole una particularidad: la posibilidad de cambiar la vida real a través de los sueños. El protagonista de la película se ha convertido, muy a su pesar, en un especialista en este tipo de “intervenciones”: después de haber soñado durante mucho tiempo junto a su pareja, se ve obligado a vivir para siempre alejado de su familia. En ese destierro, real y sentimental, se dedica a profundizar en su habilidad, trabajando para empresas y gobiernos con la finalidad de extraer información a personas influyentes mientras duermen. Escapando de quienes le persiguen aparece un último encargo, que podrá permitirle volver a su casa si es completado con éxito. Como se ve, se entremezlan situaciones filosóficas, con otras características de las películas de acción, cristalizando en lo que algunos llaman, seguramente con precipitación, la Matrix del siglo XXI.



A veces el sueño provoca reacciones inesperadas: hay quien habla mientras duerme, otros incluso se levantan y pasean. La película de la que hablamos hoy da un paso más allá: algunos llegan incluso a matar. Hasta esos límites (y más allá) llega el poder del inconsciente: anular la voluntad y quedar entregado a otro, a un dueño capaz de decirnos qué debemos hacer. Sin ningún tipo de restricción moral. Sin prohibiciones ni cuestionamientos. El gabinete del doctor Caligari nos habla precisamente de esto: del poder del sueño y del inconsciente, en un tiempo en el que el psicoanálisis estaba en un auge imparable. Bucear en las profundidades oscuras de la conciencia, con una componente adicional: el poder, la sumisión a otra voluntad como trasfondo. La ambición de la ciencia por conocer desemboca en la irracionalidad de la dominación: quizás si conocemos los mecanismos del sueño podamos llegar a subyugar al soñador, a obligarle a hacer incluso lo que jamás haría en estado de vigilia. La ciencia, el poder y el inconsciente: un cóctel explosivo para una película sorprendente.
La vida tiene estas cosas. Está llena de víctimas y verdugos, y la mayoría de nosotros ocupamos alguno de estos papeles a lo largo de nuestro tiempo. Los vencedores y los derrotados, como si esto de vivir fuera una guerra, han intercambiado sus lugares muchas veces. Ser amado y ser traicionado son a veces dos formas sinónimas de existir. La persona débil y desvalida puede terminar siendo fuerte y poderosa. La protectora y resolutiva es en realidad la despechada y abandonada. La mentira puede trastocarse en verdad, y viceversa. Y no sólo en el binomio realidad-sueño, como David Lynch nos presenta en su película, sino en la cotidianidad que nos rodea. Si algo destaca de la película que nos ocupa hoy son dos cosas: la aparente falta de sentido de todo lo que ocurre, y las fuertes personalidades de las dos protagonistas de la película. El cine de Lynch siempre ha sido complejo tanto por lo intrincado de sus historias como por su compleja simbología. En Mulholland drive la reconstrucción de la historia es una tarea titánica, y los símbolos difíciles de descifrar: cajas misteriosas con llaves triangulares, cafés escupidos, personajes extraños que parecen dominar todo lo que ocurre en la historia, un monstruo escondido en el callejón trasero de una cafetería llena de confidencias, una pareja de ancianos que ríen sin parar… ingredientes todos ellos agitados y mezclados en lo que comienza siendo un sueño con tintes de venganza que esconde el deseo de que la realidad fuera justamente lo contrario de lo que termina siendo. Un sueño imposible que conduce a un suicidio inesperado.
Los pueblos suelen elaborar sus propios mitos. Ya lo hacían los griegos y nosotros lo seguimos haciendo. El cine es una de las mayores fábricas de mitos que existen, y las películas de superhéroes son un buen ejemplo de las mismas. Podríamos fijarnos en alguna película concreta, pero también es posible referirse a sagas como la de Supermán, Spiderman o el mismísimo Batman. Con las diferencias que se pueden encontrar entre estas películas, me parece que todas tienen ciertos ingredientes filosóficos que merece la pena comentar. Para empezar, en muchas de ellas aparece un conflicto que está ya bien descrito en el psicoanálisis: el deseo frente al deber. Ser superhéroe debe ser algo complicado entre otras cosas porque implica un alto grado de renuncia: o bien sigue uno aprovechando sus superpoderes (con lo cual no podrá disfrutar de su vida privada) o bien renuncia a los mismos, deja de cumplir con lo que considera su deber para satisfacer otros deseos, como puede ser el de tener una vida anónima, normal, como la del resto de la gente. El deseo y la norma enfrentados como ya viera Freud en su día. El superhéroe encarna, en realidad, la victoria de la norma, del deber, sobre el deseo.