Cuando Schopenhauer encontró a Hegel
Uno de los juicios habituales hacia la filosofía incide en el tremendo aburrimiento que provoca. Un producto soporífero creado por gente insulsa. Así se suele concebir la filosofía, quizás porque se tenga tan sólo una visión superficial de la misma o porque no se haya dado con la lectura y el autor adecuados. Los grandes filósofos de la historia son considerados gente anodina, con una vida gris, en la que no ocurre nada realmente interesante. Muchos de los que estudian filosofía obligados por el sistema educativo se preguntan cómo ha podido existir gente empeñada en dedicar su vida a cuestiones tan irrelevantes como las filosóficas. Y lo que es peor: resulta inconcebible que sigan aún entregando su tiempo a preguntas que quizás nunca encuentren respuesta. La filosofía: una discusión de guante blanco tan monótona como irrelevante.




El bueno de Sócrates que, por lo que se cuenta, debía ser tan feo como inteligente, suele resulcitar todos los años por estas fechas para convertirse, al menos durante unos momentos, en uno de los protagonistas de clase. Dedicábamos la semana pasada alguna hora para perfilar un poco la figura del viejo Sócrates, que parece seguir contemplándonos desde hace 25 siglos, con esa capacidad suya para plantarte un interrogante en la cara (y de los difíciles) con sólo mirarte a los ojos. Intentando ser lo más neutral posible (creo que en la enseñanza se debe aspirar a ello) incluí también en la clase aquellos aspectos y testimonios que acercan a Sócrates a los sofistas, y que no le dejan tan bien parado en comparación con los textos de Platón. Pero por encima de todo, he intentado subrayar este año algo que podría servirnos a todos como ejemplo a seguir: el diálogo socrático.