El estado del bienestar es considerado en la teoría política como uno de los mayores logros de la historia reciente. No sólo es un factor de igualdad, sino también un motor de “solidaridad” institucionalizada: organizar subsidios de desempleo, sistemas públicos de salud o educación o un sistema de pensiones es sin duda una manera de proteger a los ciudadanos, en otros tiempos denominados simplemente individuos o sujetos. Desde un punto de vista moral o social parece difícil encontrar pegas al estado benefactor: gracias a él se organizan atenciones y cuidados que de otra manera conducirían a la miseria que no hace tanto caracterizaba a las sociedades occidentales. Las políticas sociales señaladas anteriormente nos parecen “naturales” en un proceso de negociación “informal” con los diferentes gobiernos: terminamos asumiendo que los diferentes partidos políticos han de ofrecernos “servicios”, como clientes suyos que somos. Finalmente, el clientelismo termina asomando también en política, convertido en algo asumido y aceptado: habrá que votar a aquel que promete mayor bienestar.
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