¿A qué juegan tus sueños?
La publicidad consigue penetrar los más profundos rinconces de nuestro ser, por lo que a estas alturas serán muy pocos en España los que no estén al tanto de que sus sueños juegan a la lotería. El mensaje de fondo es agudo e inteligente: logra revestir algo puramente crematístico y material en una especie de utopía personal. Por mucho que nos lo quieran vender de otras maneras, se trata de dinero. Del vil metal, que dijo no sé quién. Y cualquier otra forma de enfocarlo es un intento de disfrazar el dinero, de repintarlo como lo que no es. En esta dirección va el anuncio de este año que pretende vendernos la moto, mostrándonos la relación que puede existir entre nuestros sueños y los numeritos que ruedan por el bombo. ¿Estarán ambos tan conectados como nos quieren hacer ver?



La cuestión de la diferencia entre el sueño y la vigilia tiene un largo recorrido en filosofía. Aparece también en la literatura, el arte y, como no podía ser de otra manera, el cine. Origen, una de las películas del verano, juega con esta oposición, añadiéndole una particularidad: la posibilidad de cambiar la vida real a través de los sueños. El protagonista de la película se ha convertido, muy a su pesar, en un especialista en este tipo de “intervenciones”: después de haber soñado durante mucho tiempo junto a su pareja, se ve obligado a vivir para siempre alejado de su familia. En ese destierro, real y sentimental, se dedica a profundizar en su habilidad, trabajando para empresas y gobiernos con la finalidad de extraer información a personas influyentes mientras duermen. Escapando de quienes le persiguen aparece un último encargo, que podrá permitirle volver a su casa si es completado con éxito. Como se ve, se entremezlan situaciones filosóficas, con otras características de las películas de acción, cristalizando en lo que algunos llaman, seguramente con precipitación, la Matrix del siglo XXI.
La vida tiene estas cosas. Está llena de víctimas y verdugos, y la mayoría de nosotros ocupamos alguno de estos papeles a lo largo de nuestro tiempo. Los vencedores y los derrotados, como si esto de vivir fuera una guerra, han intercambiado sus lugares muchas veces. Ser amado y ser traicionado son a veces dos formas sinónimas de existir. La persona débil y desvalida puede terminar siendo fuerte y poderosa. La protectora y resolutiva es en realidad la despechada y abandonada. La mentira puede trastocarse en verdad, y viceversa. Y no sólo en el binomio realidad-sueño, como David Lynch nos presenta en su película, sino en la cotidianidad que nos rodea. Si algo destaca de la película que nos ocupa hoy son dos cosas: la aparente falta de sentido de todo lo que ocurre, y las fuertes personalidades de las dos protagonistas de la película. El cine de Lynch siempre ha sido complejo tanto por lo intrincado de sus historias como por su compleja simbología. En Mulholland drive la reconstrucción de la historia es una tarea titánica, y los símbolos difíciles de descifrar: cajas misteriosas con llaves triangulares, cafés escupidos, personajes extraños que parecen dominar todo lo que ocurre en la historia, un monstruo escondido en el callejón trasero de una cafetería llena de confidencias, una pareja de ancianos que ríen sin parar… ingredientes todos ellos agitados y mezclados en lo que comienza siendo un sueño con tintes de venganza que esconde el deseo de que la realidad fuera justamente lo contrario de lo que termina siendo. Un sueño imposible que conduce a un suicidio inesperado.