Cinco tópicos atemporales sobre el tiempo
Los refranes y dichos populares son destellos de pensamiento, que recogen en ocasiones algunas de las ideas que los filósofos expresan, de una forma más sistemática, en sus obras. Muchos de ellos son más que discutibles, cuando no directamente falsos. Sin embargo, están muy presentes en lo que podríamos llamar “cociencia colectiva” y se utilizan a diario, por lo que no está de más recoger aquí cinco de estos lugares comunes, relacionados con el escurridizo tema del tiempo:
- El tiempo todo lo cura: la acción terapéutica de los meses y los años es dudosa, pero cuenta con poderosos aliados como el olvido o las nuevas vivencias que nos hacen superar los dolores del pasado.
- El tiempo es oro: por sí, el tiempo no es ni oro, ni plata. Más bien será oro lo que hacemos con él.
- Una retirada a tiempo es una victoria: uno más de los muchos refranes que nos recuerdan que hay un momento adecuado para cada cosa. La oportunidad convertida en minuto de oro. Dejado de lado, eso sí, que una retirada a tiempo es una derrota. Menos dolorosa y profunda que si no hay retirada. Pero una derrota al fin y al cabo.
- Cualquier tiempo pasado fue mejor: la idea predominante de la teoría de la degeneración es inaceptable. Si tenemos en cuenta “lo viejo” que es el universo y la larga historia de la humanidad deberíamos haber desaparecido hace ya mucho si año a año vamos a peor. Habrá aspectos que empeoren, pero otros seguramente vayan mejor que en cualquier tiempo pasado.
- “No me ha dado tiempo”, “no he tenido tiempo”: no es ningún refrán ni dicho popular, pero sí uno de los motivos que solemos emplear cuando no cumplimos con algún compromiso adquirido. Parecen olvidar estas frases que somos dueños de nuestro tiempo, y que decidimos asignarlo a una u otra tarea. No somos nosotros esclavos del tiempo, sino sus poseedores.



La experiencia nos resulta familiar y conocida. Abrimos nuestro coche y nos sentamos en en el asiento del conductor. Abrochamos el cinturón, ajustamos espejos. Llave de contacto y giro. Coche arrancado. La pregunta habitual y que no siempre se suele formular es: ¿A dónde voy? El coche sirve para desplazarme. Me lleva de un lugar a otro: es el espacio lo que está en juego. Esta es la visión cotidiana, la que todos damos por supuesta. En un viaje rutinario, asumimos que nos movemos en un espacio que no cambia, y en un tiempo que tampoco podemos modificar a nuestro antojo. De manera inconsciente, sin habérnoslo cuestionado previamente, aceptamos que el espacio y el tiempo son “absolutos”, independientes el uno del otro. Algo de lo que ni siquiera nos damos cuenta: sin quererlo nos identificamos con ideas y presupuestos presentes en la física de Newton. Sin embargo, el asunto cambia cuando nos animamos a pisar el acelerador. Entonces podría darnos por pensar qué estamos haciendo exactamente cuando pasamos de 100 a 120 km/h.
Ayer asistimos a una señal más del inexorable paso del tiempo. Nietzsche se equivocaba, al menos desde la perspectiva individual: no hay eterno retorno. Muy al contrario: hay procesos que no se repiten nunca. Jamás volveremos a ser lo que fuimos. El llanto de Federer en la pista de Australia cumple el imperativo del pensador alemán: “¡Sed como niños!” La figura del niño como propuesta moral, pero aplicada de un modo que quizás no estuviera en la crítica mente de Nietzsche: el juego inconsciente e ingenuo se ha transmutado en las lágrimas de quien día a día comprueba que ya no es el campeón que era, sea porque va perdiendo sus facultades o porque otros mejoran en su juego. “Esto me va a matar“. Efectivamente. No importa que “esto” sea un récord que se le resiste al mejor jugador de todos los tiempos, que “esto” se refiera al que se ha convertido su gran rival o que “esto” sea simplemente la constatación de que se han perdido las fuerzas, de que hay una nueva generación que ha venido para sustituirte. Al final, nada de eso te mata. El tiempo se encarga, él solito, de hacerlo. 