Teoría crítica hoy
¿Puede hoy la teoría cambiar la realidad? · Filosofía
A comienzos de los años 20 del siglo pasado se desarrolló en Alemania uno de los últimos intentos filosóficos de transformación de la realidad: la teoría crítica desarrollada por la Escuela de Frankfurt. A través de la creación del Instituto para la Investigación Social aspiraron a articular un proyecto de investigación interdisciplinar capaz de integrar la actitud crítica en cada uno de los saberes. La psicología, la economía y la sociología fueron los pilares del proyecto: comprender al individuo y la sociedad es condición indispensable para “introducir razón en el mundo”, para liberar al ser humano de la opresión del poder y para que palabras como justicia o paz sean más que un mero sonido vacío de significado. Con estas pretensiones comenzaron su labor autores como Adorno, Horkheimer o Fromm pero su proyecto no duró demasiado: se estampó contra los muros de los campos de concentración. El nazismo y el holocausto es precisamente la experiencia opuesta a lo que pretende cualquier teoría crítica.
En cierta manera, proyectos como la teoría crítica continúan y prolongan la modernidad y la ilustración. Y apuntan a una cuestión que debería ser crucial en nuestros días: ¿es posible plantear una teoría crítica hoy? De fondo, todo proyecto teórico que se plantee como finalidad la transformación del ser humano y la sociedad tiene que partir de un cierto optimismo: de alguna manera hay que confiar en las posibilidades del hombre, y también en la capacidad de la teoría para ir calando poco a poco, de manera que llegue a cambiar la realidad. Los pilares de una teoría crítica, por muy racional que sea, no dejan de ser puramente emocionales: la esperanza en un mundo distinto. O estamos convencidos de aquello de que “otro mundo es posible”, o desistimos de todo esfuerzo por apuntar hacia aquello que debe ser cambiado y por valorar y destacar lo que merece conservarse por representar logros históricos irrenunciables. Y es que todos aquellos que se empeñan en la actitud crítica como uno de los factores de progreso de la humanidad manifiestan de manera tácita una fe inquebrantable en el futuro. Fe que no pocas veces se ha visto desmentida por los acontecimientos históricos.
¿Cómo sería una teoría crítica hoy? Tenemos buenos ejemplos en la tradición filosófica: analizar de manera sistemática y concienzuda los mecanismos de poder, entendido en un sentido muy amplio, que someten al ser humano y le obligan a vivir en condiciones que le impiden cualquier progreso personal y moral. No puede haber teoría crítica que no tenga en cuenta la economía y la política: la combinación de diferentes saberes y disciplinas es una condición necesaria. Pero no suficiente. Si de verdad se pretende transformar la sociedad, hay que ponerse a su altura. Combinar teoría y acción: no se trata de convertir al intelectual en un agitador, pero sí en darle una mayor presencia y proyección social. Conferencias, charlas, encuentros, coloquios. El nazismo fue una locura colectiva. La búsqueda de responsables despierta polémica: algunos miran a los líderes políticos, otros a la sociedad entera. Lo que está claro es que hubiera sido impensable sin la iniciativa de unos y el dejar hacer de otros. Una teoría crítica debe ser modesta, humilde: quizás es suficiente con lograr que la sociedad no “deje hacer”. Que no sea víctima de su propia pasividad. Cómo conseguir esto en estos inicios del siglo XXI es una de las preguntas clave de nuestro tiempo.


