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Un hombre sin fin

Desde el final de la edad media hasta nuestros días
Un mundo sin fin, novela de Ken FollettEl ser humano está a medio hacer. Oscilamos entre la razón y el instinto, flotamos entre las aguas de la naturaleza y la cultura. Sin saber muy bien quiénes somos, cuál es nuestro papel en medio de todo esto. Por mucha ciencia, tecnologí­a, democracia y derechos humanos, somos herederos de la miseria, descendientes del odio, el robo y el asesinato. El aparentemente esplendoroso ser humano del siglo XXI esconde tras de sí­ fuerzas oscuras y despreciables de las que tendemos a olvidarnos. La bestialidad atávica de la que descendemos no puede eliminarse tan fácilmente. Más de dos mil años de civilización no son suficiente. La escolaridad obligatoria (igual da hasta los 16 que hasta los 30) tampoco es garantí­a. Nuestro tiempo como especie ronda los sesenta mil años. Nuestra civilización, apenas dos mil quinientos. Nuestra vida es muy distinta a la de los primeros homí­nidos, o a la de nuestros antepasados de la antigüedad. Sin embargo, es suficiente tomar conciencia de nuestra línea del tiempo, para darse cuenta de que somos seres a medio cocinar, inacabados.

Esta reflexión me viene sugerida por la reciente de lectura de Un mundo sin fin, la novela de Ken Follett. El retrato medieval que se nos presenta puede tener más de literario que de histórico, pero no es difí­cil imaginar (y probablemente documentar) que la vida de aquellos tiempos no debí­a ser muy distinta a la narración de la novela: enfermedades terribles, odio, venganza, envidia, ambición corrupta y podrida, ignorancia... Estos son los protagonistas "ocultos" de la novela que parecen jugar con los personajes cuyas correrías se nos cuentan. Repasar nuestra historia (como especie y como civilización) es, entre otras cosas, tomar conciencia de que la destrucción, la barbarie, el asesinato, la traición, el robo y la violación han sido realidades cotidianas. En definitiva: que nuestra "desarrollada" cultura es descendiente directo de siglos y siglos de animalidad desatada y legitimada por diversos mecanismos de poder.

Siendo esto así, no estarí­a de más un pequeño ejercicio de reflexión: en primer lugar, puede que este presente nuestro que entendemos como "normal" sea una excepción guardada en una urna de finí­simos cristales, bajo la amenaza constante de romperse en mil pedazos. Quizás nuestro mundo siga siendo (de otra forma, con formas de vida sólo aparentemente mejores) el escenario de lo más despreciable del ser humano. En segundo lugar, no estarí­a de más situar en un plato de la balanza la cantidad de sucesos terribles que nos preceden, que forman parte de nuestro pasado. En el plato opuesto, esta vida nuestra que a veces denostamos como aburrida y rutinaria. Bendito aburrimiento, si lo comparamos con la guerra fratricida de hace sólo unas décadas, con dos guerras mundiales cuya sombra nos alcanza, con otros tiempos en los que ninguna vida humana podía soñar ni de lejos con las posibilidades de que hoy gozamos. Estamos a medio terminar, sí, somos bestias en transformación, pero quizás vivamos un tiempo de oportunidades que nunca antes se han dado en la historia.