Boulesis.com

Un lugar en el mundo

Un lugar en el mundoLa película que rescatamos hoy de un olvido inmerecido (nunca suele aparecer en listas, muchos ni siquiera la han visto…) merece la pena por diversos motivos. No sólo porque en su día se llevara la [1] concha de oro del [2] festival de San Sebastián, ni porque, por una vez, crítica y público se pusieran de acuerdo en escogerla. Si a todo esto le añadimos una interpretación excelente (Federico Luppi, José Sacristán, Cecilia Roth…), una buena historia, y una dirección magistral (al menos eso dicen los entendidos), y si le sumamos el interés que tiene la película como retrato de una forma de vida, como expresión de una crítica social más que necesaria, pues tenemos todos los ingredientes para incluirla entre las películas que dan que pensar, que interpelan al espectador después de haberlas visto, y que nos pueden abrir a un nuevo terreno de análisis y reflexión sobre la realidad. Una película con potencial educativo y filosófico.

El flashback inicial rodea toda la acción de cierto toque de nostalgia. Como si ya los tiempos no estuvieran para demasiados idealismos, como si las cruzadas ideológicas hubieran terminado aplastadas por el rodillo. ¿A quién se le ocurriría a estas alturas de la historia, azuzar a los caballos para que el carro vaya más rápido que el tren? Cosas de locos, ningún carro puede competir con el AVE. Pero qué duda cabe: quizás exista el gen de la utopía y del idealismo. Igual da ganar a un tren una carrera que organizar una cooperativa que plante cara al cacique terrateniente de turno, más interesado en el progreso de su poder y su bolsillo que en unas decenas de vidas humanas. Y es que por mucho que cambien los tiempos no hacen más que maquillarse: con caras aparentemente nuevas, con matices que en nada cambian los problemas de fondo, los contrastes y enfrentamientos que retrata la película siguen existiendo. Desde la ciudad más desarrollada del mundo a la última favela o chabola.

Un lugar en el mundo representa, en este sentido, un canto al ser humano: a su libertad, a su dignidad y a su capacidad de cambiar las cosas, de ofrecer alternativas al gris y ritunario paisaje social, cultural, rural, económico. Tenemos el mundo que nos merecemos, parece que quisiera decirnos la película. No es que tengamos todos que echarnos a las calle, montar barricadas y promover la abolición de la propiedad privada. Pero sí que vivimos dormidos, anestesiados, ajenos a una realidad que nos debería pinchar. Como le pincha al poder, en sus más diversas manifestaciones, que ese gen de la utopía siga perviviendo, por debajo de todas las distacciones sociales. Quizás el escepticismo nos haya convertido en descreidos, no sólo en ateos (hace ya décadas que occidente lo es): perdida la fe en Dios, nos quedaba la fe en el hombre, que ya parece extinguirse. Dejarse atrapar por la película plantea interrogantes que van mucho más allá de problemáticas particulares. Cuando termina nos deja un gusto amargo, pendiente de la pregunta: ¿qué hago yo para cambiar este sabor de boca?


Anotacion impresa de Boulé: http://www.boulesis.com/boule

Enlaces que aparecen en esta anotación:
[1] concha de oro: http://www.sansebastianfestival.com/2007/es3/premios10_1992.php
[2] festival de San Sebastián: http://www.sansebastianfestival.com/

Click aqui para imprimir.