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Un vecino molesto

Sobre convicciones, intereses y conflictos
La idea de la aldea global se va materializando lentamente, pero de un modo palpable. Las nuevas comunicaciones nos acercan a todos y nos convierten a todos en vecinos de una misma comunidad. Las relaciones exteriores de los estados y la política internacional no se aleja demasiado de los conflictos, encuentros y desencuentros de cualquier comunidad de vecinos. Ver las diferentes actuaciones de la diplomacia recuerda, salvando las distancias, a cualquier reunión de una junta vecinal. El "por qué no te callas" no tiene nada de extraordinario si lo comparamos con las largas sesiones en las que se ventilan los asuntos de la comunidad. Hoy quisiera centrarme en una figura muy particular que ha proliferado en la política internacional: la del vecino molesto.

Todos hemos tenido alguna vez un vecino molesto, o un jefe en el trabajo que no cumplía con sus obligaciones. Y también tenemos la experiencia de hacer la vista gorda. Mejor no menear el posible enfrentamiento, pues en algunos casos es más lo que tenemos que perder que lo que podemos ganar. Todo sea, pensamos, por no buscarnos complicaciones. Una situación que, por cierto, tiene que ver con la teoría de juegos: la convivencia a la que nos vemos obligados lleva aparejada estas cosas. En la política los ejemplos se multiplican: por mucho que el presidente de Venezuela nos caiga más o menos simpático y a pesar de todas las dudas sobre la legitimidad de su democracia, parece que es obligado establecer buenas relaciones. La cantidad de petróleo y otros negocios comunes nos lo aconsejan. La UE en su conjunto no está en una posición muy distinta respecto a Rusia y sus planes expansionistas.

La hipocresía de la política va tan lejos como la de las comunidades: todos los miembros del COI sabían cómo se vivía en China cuando decidieron que Pekín fuera sede de los juegos olímpicos. La represión en Nepal o las miserables condiciones en que viven sus ciudadanos son tan conocidas como la inmensa contaminación del gigante asiático. En lugar de sancionar a China o buscar medidas políticas internacionales para que se respeten los derechos humanos, se les concede la organización de unos juegos. No fueron pocos los presidentes de grandes potencias mundiales que han censurado ciertos aspectos de su organización. Sin embargo, el aplauso de la política internacional ha sido casi unánime, tanto por la presencia de grandes mandatarios como por sus declaraciones. A fin de cuentas, no vamos a afearle el gesto a un vecino con el que podemos firmar jugosos tratados comerciales y que nos abastece de productos baratos a cambio de explotar a su población. Así es la política internacional: llena de silencios, intereses y carambolas. No muy distinto a una nutrida comunidad de vecinos.