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Una filosofía del esfuerzo

El trabajo y el esfuerzo como claves de nuestra civilización · Filosofía


El esfuerzo personal es uno de los símbolos contradictorios de nuestra sociedad. El tránsito a la madurez implica, entre otras cosas, ir asumiendo que nos toca trabajar. Hay empresas que incluso miden el esfuerzo de sus trabajadores, en función de horas dedicadas, intensidad de trabajo en las mismas, productividad… en resumen: todas esas variables tan difícilmente cuantificables, que las técnicas capitalistas tratan de meter en vereda. El contraste, casi enfrentamiento, entre esta perspectiva y el sistema educativo se ha convertido en un tópico: nuestro sistema no valora ni premia el esfuerzo personal. Se acusa veladamente a los padres de valorar exclusivamente los resultados, y no el trabajo realizado, y al sistema en general de incluir medidas que no prestan atención al esfuerzo de los alumnos. El caso es que vivimos buenos tiempos para el esfuerzo: se nos pide que lo realicemos en la escuela, en la economía, en política… Desde todos los ámbitos, autoridades de las más diversa índole nos invitan a esforzarnos y a valorar la implicación y el compromiso personal por encima de cualquier otra cosa. Un rasgo de nuestro tiempo es, sin duda, el doble lenguaje del esfuerzo.

Me refiero al doble lenguaje por aquello del “haz lo que te digo y no lo que yo hago”. La cultura oficial del esfuerzo y la entre incondicional a las obligaciones choca bastante con actitudes muy generalizadas. Problemas de consumidores mal atendidos, empresas que retrasan sus plazos de entrega, o simplemente, por crear una categoría general, seres humanos que tratan de librarse del trabajo todo lo que puedan. En términos coloquiales: el esfuerzo no se nos cae de la boca, aunque el escaqueo no disminuya. La comodidad debería elevarse casi a categoría antropológica y evolutiva: el progreso científico y tecnológico consiste precisamente en intentos imaginativos de reducir el esfuerzo. Conocer para poder… trabajar menos. Estamos sin duda ante uno de los mayores afanes del ser humano: reducir esfuerzo es sinónimo de vivir mejor, por mucho que los profetas del trabajo abnegado nos digan lo contrario. Uno de los distintivos de la cultura occidental es el consumo de artilugios que nos permitan esforzarnos menos. Estamos instalados en el bienestar y apreciamos tanto el trabajar en su justa medida, que recientemente el parlamento europeo rechazaba la propuesta de ampliar la jornada laboral.

Como vemos, siguiendo el hilo de la invitación al esfuerzo nos encontramos con temas inesperadamente filosóficos. La sociedad aboga por la comodidad, pero predica el esfuerzo. Hecho que no es de extrañar si nos paramos a pensar el lugar que el esfuerzo personal ocupa en sistemas económicos tan dispares como el capitalismo o el comunismo, o si analizamos el incentivo al esfuerzo de los sistemas políticos. Entre el discurso oficial y la realidad que a menudo la desdice queda la decisión personal, afectada por princpios o valores morales, por pautas educativas, condicionamientos genéticos y condiciones psicológicas. La naturaleza humana combina de una forma extraña la laboriosidad con el relajamiento y la disipación. Una metáfora kantiana resulta especialmente gráfica: como árboles que buscan la luz y el agua, sólo cuando nos vemos obligados a movernos para conseguirlas comenzamos a esforzarnos. Por eso los árboles solos crecen débiles y torcidos, mientras que aquellos que están rodeados de más árboles elevan sus copas tan alto como pueden y agarran sus raíces a la tierra. Antropología, ética, política, economía, ciencia y tecnología… conceptos serios, rigurosos y académicos, que sin embargo, pueden encontrar en el esfuerzo un objeto de reflexión interesante.

P.D: parece más que adecuado dedicar el artículo de hoy a todos aquellos que reprochan la falta de esfuerzo ajeno y por causas imponderables de la vida, tampoco demuestran mucho su capacidad de desarrollar el propio.

§ | Miguel | 18/Feb/2009 | 13:07 | Añadir comentario | Añadir trackback

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Un comentario a “Una filosofía del esfuerzo”

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Desde una perspectiva evolucionista, diría que la sociedad busca, más que la comodidad, nuevas herramientas con las que producir más y más. Si la sociedad realmente abogase por la comodidad no existirían los horarios actuales, ni las desigualdades económicas. La vida sería más parecida a la que describe B. Rusell en su “Elogio de la Ociosidad”, en la que todos los ciudadanos tendrían un trabajo de 4 horas, porque realmente no se necesita trabajar más para producir absolutamente todo lo que necesitamos.

Pero la experiencia demuestra que sí se necesita, en esta sociedad evolucionista, porque en caso contrario no eres competitivo. Y de esto se trata el esfuerzo. No es un esfuerzo por conseguir, sino un esfuerzo por sobrevivir. Cuanto más ampliamos el prisma más vemos cómo aquellas sociedades que se han dejado llevar por la comodidad han acabado desapareciendo, y cómo las sociedades que mantienen el esfuerzo, aunque el mismo no resultase necesario en estos términos, son las que prevalecen y acaban “comiéndose” al resto.

Las sociedades indígenas, el comunismo, los países de economía rural, las jornadas reducidas, y la vida bucólica se fueron erosionando al ser incapaces de competir con el colonialismo expansionista, el capitalismo y los países industriales, las jornadas extensivas y la sociedad de la mujer trabajadora (entiéndase la utilidad de este último ejemplo, asépticamente utilizado).

La sociedad tiene la comodidad como una utopía, pero sabe que el esfuerzo es lo que mantiene su llama.

Un saludo, y felicidades por vuestro trabajo, como siempre.

§1 | thomassius | 24/02/2009 | 17:03

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