Una persona normal
Sobre el concepto más falso de la historia de las ideas · Filosofía
Hoy vamos a centrar nuestra atención en un concepto que no es propiamente filosófico y que, sin embargo, está presente en el pensamiento de la calle. Y no porque las aceras, de repente, hayan sufrido un ataque repentino de deseo filosofante sino por la sencilla razón de que el concepto en cuestión es utilizado por la práctica totalidad de humanos que las habitan. Me estoy refiriendo a la “normalidad” que suele acompañar, en forma de adjetivo, a tantas y tantas de las cosas y personas de las que hablamos. Si tuviéramos que definirnos, muchos de nosotros optaríamos por decir que somos “normales”. Pero hay mucho más: obligados a formarnos una idea de cómo son los demás, nos vemos empujados por una tendencia irresistible a etiquetarlos con el más insignificante de los adjetivos: “normal”. Así ocurre cada vez que los sucesos o las noticia trágicas saltan a la portada de la prensa: los vecinos de los asesinos, los terroristas o los ladrones declaran con asiduidad que eran “personas normales”. Y no lo dicen con ironía: no es que piensen que matar o robar sea una conducta habitual, sino que en su vida diaria estas personas se comportaban como el resto. Nada hacía presagiar lo que se traían entre manos.
El mayor problema de este tipo de enfoques es que son falsos: no existe “lo normal” cuando nos referimos a personas. Es verdad que, matemáticamente, la famosa campana de Gauss se aplica en estadística en la distribución normal, según la cual algunas variables se ajustan a un esquema en el que predomina un gran grupo (los “normales”) frente a las minorías de los extremos. Esta idea se toma como necesario punto de partida, por ejemplo, para fijar los diferentes rangos de cociente intelectual, dando en cierto modo por supuesto aquella frase cartesiana, no exenta de ironía, según la cual el buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo. Ya es discutible que la inteligencia esté repartida según la distribución normal, pero más dudoso todavía es que sea legítimo el salto a otros atributos psicológicos e incluso lleguemos a formar al tipo “normal”. Las dificultades de la normalidad no sólo son matemáticas, sino también sociales e incluso culturales: si nos fijamos en las maneras de vivir de cada sociedad, el patrón de “normalidad” varía. Dicho en otras palabras: nadie es normal.
Cada uno de nosotros puede identificarse con la media en diversos aspectos de su vida: hábitos, formas de pensamiento, gustos, preferencias… pero siempre habrá algo en lo que nos desviamos de lo que se considera “normal”, sea por exceso o por defecto. Algo que nos distingue del resto y que, por lo general no suele ser una sola cosa: somos “raros” en diversos aspectos de nuestra forma de vivir, pensar, hacer y ser. Quizás debiéramos abandonar el adjetivo “normal” y buscar una nueva expresión, un calificativo que nos ayude a identificar a quien podría encajar en lo razonablemente desviado o en lo tolerablemente desviado, respecto a una media que no siempre es fácil de establecer. El concepto de “normal” suele ir acompañado además de inesperadas consecuencias: se entiende lo “normal” como lo “normativo”: todos deben ser de la misma forma que la mayoría piensa que es. En palabras más sencillas: lo normal, según ciertos estereotipos, encuestas o estadísticas, es el botellón, cierto consumo de drogas o algunos comportamientos incívicos. Aquello que todo el mundo hace. O aquello que creemos que todo el mundo hace. Con este batiburrillo conceptual: ¿quién se atreverá a seguir pensando que es una persona normal o a referirse a otras personas con este adjetivo?


