Viajes y filosofía
Del viajero empedernido al filósofo inmóvil · Filosofía
Que Descartes era un tipo espabilado es algo que no se le escapa a cualquiera que se adentre mínimamente en la historia de la filosofía. Como se suele decir, podrá gustar o no gustar, pero listo era un rato. El caso es que la “academia filosófica” suele prestar mucha atención a la parte de su Discurso del método en la que habla de las reglas del mismo, su aplicación, la existencia de Dios… Y no se presta mucha atención a todo lo anterior, una introducción autobiográfica bien jugosa en la que Descartes propina un palo soberano a toda la filosofía y el saber qué le tocó estudiar (quizás no sean tan distinta esta apreciación de la que suelen hacer algunos de nuestros alumnos). El caso es que en este ponernos en situación, Descartes nos cuenta que hubo un momento en que le dio por viajar. Y es ahí donde aparecer la siguiente cita, que bien merece ser recordada por los amantes de la maleta y el “itinere”.
“[…] es casi lo mismo conversar con la gente de otros siglos que viajar. Bueno es saber algo de las costumbres de otros pueblos para juzgar las del propio con mayor acierto y no creer que todo lo que sea contrario a nuestros modos sea ridículo y opuesto a la razón, como suelen hacer los que no han visto nada.”
Viajar, nos viene a decir Descartes, es una forma tan válida de conocer como leer. En la escuela le enseñaron a hablar con Platón, y la vida le enseñó a moverse por el mundo, sabiendo penetrar en los juicios de los otros, sus opiniones, sus costumbres. Si nos fiamos del filósofo francés (que suele identificarse con un frío racionalismo), aprendió tanto o más del libro del mundo que de los que, a menudo polvorientos, ocupan los anaqueles de las bibliotecas. Actitud bien distinta, por cierto, de la de Kant. Según se cuenta, el autor alemán no abandonó jamás su Königsberg natal. Lo cual no impedía, se dice, que tuviera un amplísimo dominio de geografía, y pudiera describir los países y las ciudades con la viveza de los que las habían visitado en persona. ¿Existe alguna relación entre el viaje y la filosofía? ¿Qué razón puede darse de lo que una vez más (como si nunca ocurriera en filosofía) se nos presenta como dos posiciones bien distintas?
Pese a llevar vidas tan distintas, Descartes y Kant estarían de acuerdo en la última frase de la cita cartesiana: viajar nos abre la cabeza. Nos obliga a tomar conciencia de que la vida es plural, de que son muchas las formas de enfrentarse a los problemas que plantea y que probablemente en todas podamos encontrar algo de valioso. Viajar debería hacernos más tolerantes y más “filósofos”: hemos de volver de cada viaje con la maleta llena de preguntas. Otra cosa es que hoy se imponga (por motivos de mercado o por lo que fuere) una forma de viajar bien distinta: el turismo se ha convertido en un objeto más de consumo y a menudo las masas que se extienden por doquier impiden que el viaje se ajuste a los que acabamos de describir. Hoy viajar no es siempre una forma de arriesgarse a descubrir que lo propio no siempre es lo mejor. Es más bien una forma de ir pegando cromos en un álbum imaginario que queda grabado en las fotografías que descargamos en nuestro disco duro. ¿Implica todo viaje un aprendizaje? ¿Es todo viaje “filosófico” (si es que se puede aplicar este adjetivo a los viajes)? ¿Qué relación existe entre la filosofía y el viajar?
P.D:fuente original de la imagen


