¿Vivimos en un mundo apocalíptico?
¿Necesitamos un fin del mundo para plantar cara a nuestros problemas? · Filosofía
Una serie televisiva nos plantea la siguiente pregunta: ¿Qué ocurriría en EEUU (y particularmente en una pequeña ciudad de este país) si explotaran simultáneamente varias bombas que logran asolar el país? Una hipótesis que no es tan novedosa para los aficionados a la literatura apocalíptica o a diversas utopías negativas (1984, Un mundo feliz…) que nos ha legado el siglo XX. En todas estas obras (y también en la serie) se propone un ejercicio mental que consiste en situar al ser humano (bueno, a muchos seres humanos, es decir, a toda una sociedad) en una situación límite, en circunstancias de excepción en las que los comportamientos de solidaridad se contraponen a la competencia por recursos limitados. Ante grandes catástrofes el objetivo esencial es la supervivencia. Y tan cierto es que en algunos casos la cooperación con otros seres humanos puede ser una condición indispensable para esa supervivencia como que en otros momentos se puede plantear lo que se suele llamar un juego de suma cero: victoria o derrota. O sobrevives tú o sobrevivo yo, sin que sea posible encontrar una solución favorable a los dos. Experimentos mentales que lamentablemente se hacen realidad ante las grandes catástrofes naturales que cíclicamente asolan a diversos países. Qué cabe esperar del ser humano en situaciones límite, desesperadas, en las que la propia vida se encuentra en peligro. Este interrogante radical es el que nos dispara, de formas diversas, toda esta literatura. Pero podemos hoy sugerir un experimento mental bien distinto.
¿Qué ocurre si pensamos que ya estamos en esas circunstancias extraordinarias? ¿Por qué no imaginar que vivimos en un planeta con recursos limitados, con oportunidades aún más escasas que los recursos y en los que la precariedad y la indigencia son en realidad características definitorias del ser humano? No tenemos ninguna necesidad de pensar en bombas, atentados terroristas, guerras atómicas, volcanes en erupción, tsunamis o huracanes. Basta con mirar al estado actual del mundo para darnos cuenta de que las diferencias en nivel de vida y en consumo de recursos son abismales. Y estas diferencias configuran, evidentemente, formas de vida muy diversas. ¿Es necesario pensar en cuándo será el fin del mundo cuando vivimos en una realidad en la que el consumo energético del Hammer de Beckham comparte escenario con familias enteras que sobreviven con menos de 5 euros diarios? No es que el mundo se vaya a acabar mañana, no hace falta hablar del fin de los tiempos o de algo parecido. Vivimos en un planeta marcado por la escasez, en la que más de 6000 millones de seres humanos intentan lograr una vida que consista en algo más que respirar y sufrir el hambre y la enfermedad curable médicamente, pero no económicamente. La urgencia y la emergencia de la catástrofe parecen apagar su voz ante el monótono ritmo de una rutina a la que estamos completamente acostumbrados. Venimos a un mundo que no hemos inventado nosotros, y que probablemente no podamos modificar. Nacemos en un mundo desgarrador, inhumano, pero el hábito del horror adormece el miedo y el instinto, hasta el punto de pensar que es normal que las cosas estén como están.
El mundo no se acaba hoy ni mañana, pero quizás debiéramos plantearnos en qué cambiarían las cosas, cómo afectaría a nuestra sociedad, a nuestra cultura y a nuestra forma de vivir cualquier catástrofe que tuviera consecuencias de impacto mundial. Un suceso en el que la tragedia no fuera lejana, de otros, sino propia, de todos. A mi parecer los cambios no serían tan sustanciales como para ser capaces de anestesiar una intuición bien sencilla: puede que vivamos esa catástrofe todos los días, en los paseos de nuestras calles, en los mercados (pensemos en los sistemas de precios y las formas de producción), en nuestros hábitos. El planeta cuenta con recursos limitados y así ocurre también con todos los recursos económicos. Hay poca agua, cada vez menos aire puro, poca energía, escasos alimentos y medicamentos. Y la presión demográfica es, sin embargo, cada vez mayor, con la especial circunstancia de que los países emergentes, que quieren contar con un nivel de vida similar al de las potencias occidentales, aspiran también a equiparar su consumo. ¿No es esto suficientemente preocupante? ¿No deberíamos agobiarnos al hacer un análisis somero de la realidad? El olvido y la ignorancia son la estrategia más habitual para los afortunados que gozan de lo que se llama un alto nivel de vida. La distracción como huida, y el mantenimiento del “status quo” como dogma. Los que sufren la pesadilla, sin embargo, no esconden la cabeza, sino que agudizan el ingenio para subirse al carro de la opulencia. ¿Nos comportaríamos de un modo muy distinto si viviéramos en un mundo apocalíptico donde una amenaza brutal rompiera con la rutina adormecedora? A veces parece que nos tomáramos la existencia a broma, y necesitamos de la tragedia y la desgracia para convertirla en un asunto serio.


