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Laicismo y neutralidad moral

Vida pública y concepciones particulares de la vida buena

Desde hace un tiempo va cobrando cierta presencia "mediática" una corriente de pensamiento que se autodefine como "laicista", y que aboga por la eliminación de cualquier símbolo religioso en los espacios y tiempos públicos. Los grados y las maneras son de lo más diverso: desde los que se conforman con una sana distinción entre iglesia y estado hasta los que se muestran partidarios no ya de eliminar crucifijos o juramentos sobre la biblia, sino incluso de replantearnos el calendario laboral/festivo, de manera que ninguna fecha religiosa sea incluida en el mismo. Algo que puede parecernos muy novedoso, pero que en realidad viene de lejos en la historia: un precedente claro está en el positivismo, cuyo intento de sustituir el pensamiento mítico y religioso por el científico fue ampliamente glosado en un artículo de antes de las cenizas. En nuestros días, el laicismo ha ido cogiendo aire gracias a polémicas como la presencia de crucifijos en las aulas o la cuestión del velo islámico. Políticamente, parece canalizarse a través de la ley que ha prometido el gobierno al respecto.

En un primer momento, el discurso laicista puede parecernos atractivo: critica la dominación de una religión concreta y pone de manifiesto la necesidad de marcar límites. Las creencias personales de una parte de la población que no representa a la mayoría no pueden ser el fundamento último para defender una ley que va a regular a todos los ciudadanos. La existencia de sociedades multiculturales con diversos credos nos sitúa ante un panorama que invita al laicismo: si todos hemos de vivir compartiendo normas, lugares y tiempos, parece razonable buscar acuerdos con los que potencialmente todos podamos identificarnos. El laicismo nos enseña su mejor cara cuando se presenta como una actitud dialogante, abierta, tolerante e integradora. Pero este rostro amable no siempre es el auténtico: el discurso cambia, evoluciona, y el aparente cordero laicista puede llegar a esconder un lobo en su seno. Tal transformación se produce cuando se persigue o arricona una u otra creencia en favor de una pretendida neutralidad moral.

Las religiones, se nos dice, son personales, minoritarias. Eliminémoslas en favor de una ética pública, de valores morales objetivos y neutrales. El problema de la propuesta le resulta familiar a cualquier persona que haya pasado más de dos tardes estudiando cuestiones morales: la dificultad o incluso imposibilidad de encontrar esos valores comunes y compartidos, esas formas de vida que se pretenden extender bajo la patente de corso de la neutralidad o la objetividad. Si la religión no debe dominar la esfera pública, tampoco debería hacerlo ninguna concepción particular de la política y de la ética. Y eso es precisamente lo que de forma más o menos manifiesta proponen algunos movimientos laicistas. Podemos optar, por ejemplo, por democracias liberales o republicanas: nuestra forma de vida sería muy distinta en unas y en otras. Pero lo que no es de recibo es que sea una minoría la que haga esta elección por nosotros, sin considerar esa pluralidad que esgrimen como argumento. Hay un laicismo integrador, abierto y dialogante. Pero hay otro totalitario y dogmático. Y me temo que en nuestra sociedad tenemos más del segundo que del primero. El tiempo lo dirá.

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Es muy interesante este articulo. manifestado mi acuerdo con lo que dice, añadiría, mas bien expkicitaria lo que esta ya insinuado:"cualquier persona que haya pasado mas de dos tardes estudiando cuestiones morales...",añado, ¿quien ha pasado algun tiempo estudiando cuestiones morales entre la "gente" que deciden politicamenteo o crean opinion en los medios? Con lo planes de enseñanza "adoctrinadores-sectariamente" vigentes no se puede esperar nada. En la manida "condición humana", cada uno va a lo suyo, esto es un hecho social indiscutible, y ¡ESTO ES LO QUE HAY!