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Subiendo niveles

Entre la realidad y el juego

Desde hace aproximadamente una semana, miles de personas andan enfervorecidas por la red, luchando a brazo partido en un mundo dominado por la guerra. Paseantes de nuevos escenarios, se enfrentan a desafíos que requieren soluciones ingeniosas, conviviendo con personajes a los que, en cierto modo, tienen que aprender a tratar por primera vez. En otras palabras: desde el pasado martes miles y miles internautas están viviendo en la nueva extensión del WOW, uno de los juegos más importantes de la última década. Los que no vivimos el juego en cuestión no terminamos de comprender cómo es posible estar tan enganchado al asunto, más aún cuando los más experimentados se ventilan las nuevas extensiones en cuestión de días, si no horas. Una actitud tan voraz como la del lector que no puede evitar avanzar con la novela sin dejar de sentir la pena de ir acabando sus páginas. Un amor que consume el objeto amado, lo agota, lo termina. Una pasión que el lego en la materia resume con la sencilla frase: "subir niveles".

En realidad todo juego tiene algo de reto personal. Subir niveles no es sólo superar con un personaje todas las dificultades de un videojuego. Es también ir mejorando, poniendose nuevos objetivos, plantearse metas a medio y largo plazo. Todo juego lleva implicito una metafora de la vida: el logro, la satisfacción por la realización de un plan. Los juegos enganchan porque la vida engancha, porque estamos constantemente proponiéndonos nuevas metas: este es el burdo secreto de la motivacion humana. Podríamos sentir la tentación de reirnos del WOW o de despreciar a quienes juegan, dando por sentado que sus "objetivos" no son tan valiosos como los que puedan tener los que están instalados en la vida real, y se plantean logros que nada tienen que ver con personajes fantásticos o peleas entre diferentes grupos. Opinión respaldada por el prejuicio habitual de despreciar el juego como manera de vivir: el que juega se aparta de la realidad por unos momentos, deja de estar en ella.

Las maneras más recientes de jugar apuntan a todo lo contrario. El que juega vive de una manera especial, distinta. No deja la vida entre paréntesis sino que la ocupa en una actividad que le reporta nuevas sensaciones, vivencias, experiencias. La vida es el juego. Subir niveles es similar a lograr un ascenso, aprobar un examen o conseguir cumplir ese sueño por el que se llevaba tanto tiempo trabajando. Metas, logros y motivaciones. Cuánto nos creemos el juego: esa es la cuestión. Si verdaderamente estamos dispuestos a admitir que subir personajes al nivel 80 o conseguir una granja inmensa en Farmville puede compararse a otros fines más "reales" que pueden ir desde lo más mundano hasta lo más sublime. Puntos, pantallas, personajes, niveles. ¿Acaso valen igual, tienen el mismo nivel, que calificaciones, amores, trabajos o reconocimientos" Se me ocurre una pregunta que podría servirnos para ir clarificando otras: ¿implica el progreso en el juego la felicidad personal" A saber qué dirían los "jugones", y también aquellos que no dedican mucho tiempo a los asuntos lúdicos.