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¿Quién escucha al "presunto" delincuente?

Cuando "presunto" es sólo un adjetivo vacío de contenido

El artículo 10 de la Declaración Universal de Derechos Humanos afirma lo siguiente:

Toda persona tiene derecho, en condiciones de plena igualdad, a ser oída públicamente y con justicia por un tribunal independiente e imparcial, para la determinación de sus derechos y obligaciones o para el examen de cualquier acusación contra ella en materia penal.

Si este derecho se respeta, cualquier persona acusada de un delito tiene asegurada la posibilidad de defenderse ante un tribunal imparcial e independiente. Los ejemplos (recientes y no tanto) que contradicen este derecho señalan que a menudo hay quienes están condenados antes de que se celebre el juicio, por lo que cuando menos hay que dudar que este derecho se cumpla incluso en los países que creen tener un sistema judicial sólido y democrático. ¿Acaso no pesa la carga de la culpa sobre el acusado mucho antes de que se celebre el juicio" Sin escuchar, sin dejar hablar: la sociedad necesita culpables.

Si hoy miramos ciertas prácticas medievales y renacentistas nos parecen una barbaridad: ¿A quién se le ocurriría exponer públicamente a un acusado sin permitirle previamente explicarse, dar su versión de los hechos" Los medios de comunicación soy hoy las plazas públicas por las que pasean los malos de la película. Los juicios paralelos están a la orden del día, con algunos casos escandalosos en los que las acusaciones terminan revelándose como falsas. Pero la responsabilidad no reside sólo en la televisión o la prensa: somos nosotros los que tendemos "sed de venganza" los que entendemos que un daño o una pena restituye o compensa otro. Instinto de supervivencia o simplemente pura agresividad: dar a un "presunto" culpable la oportunidad de explicarse es en muchas ocasiones un mero formalismo, uno más de los trámites a seguir antes de la condena. La justicia confirmará que la presunción no era falsa y le será impuesta la pena correspondiente. Y en caso de que no sea así, la etiqueta acompañará al encausado hasta el fin de sus días. "Cuando el río suena, agua lleva". Un pensamiento que ha ido pasando de generación en generación, y que no puede cambiar declaración alguna de la noche a la mañana. Por muy universal que sea. En la naturaleza humana anida un prejuicio más fuerte que este artículo diez.

Es triste el consuelo de pensar que al menos en nuestro país hay un sistema jurídico más o menos fiable. Al margen de juicios paralelos, todos los acusados tienen derecho a expresarse ante un tribunal: nuestros problemas deslucen comparados con los juicios que se realizan en otros paí­ses, y podemos ver la botella medio llena o medio vacía. Al margen de las valoraciones, queda una reflexión pendiente al hilo de este artículo 10: el tribunal "independiente e imparcial". La politización del sistema judicial es un lastre suficientemente grande como para confiar en esta expresión. Las siglas o la ideología del acusado pueden decantar la balanza de la justicia de un lado u otro. Una justicia que nunca fue ciega: siempre tuvo los ojos de seres humanos de carne y hueso, con intereses personales, ambiciones y deseos. Hechos de la misma materia que el resto de seres humanos. Jueces y parte de una humanidad que espera de los derechos humanos una salvación que no se puede dar a sí misma. Retorciendo cierta frase de Kant: de una madera tan torcida como la de la especie humana es imposible llegar a tallar nada derecho. Y quizás haya que entender "derecho" en más de un sentido.

Buena reflexión. Si los medios de comunicación son hoy las plazas públicas ―como bien apuntas― no es sino debido a que nosotros permitimos que otros acudan a la plaza no sólo a transmitir la información del día, sino a proporcionarnos una opinión sobre la información. Nos dejamos convencer, somos sumisos. Seguimos siendo el rebaño al que tanto criticó Nietzsche. Creo que este hecho se debe a una realidad fácilmente reconocible: nos gusta vivir tranquilos. Seamos realistas, bastantes problemas tiene ya cada individuo como para prestar, de forma altruista, sus oídos a disposición de una persona que ha sido acusada de un grave delito. "¡Podría ser peligroso!", "Si lo defiendo, ¡podría estar defendiendo al diablo!", "¡Si lo escucho me embaucará!", son algunos ejemplos ―tontos― de lo que la "prudencia" y la desidia nos mueven a aceptar como válido, sin calentarnos la cabeza. Por suerte, lejos de la visión global de la sociedad que vemos todos, decadente y sumisa, existe una visión más próxima al individuo, la del día a día, que nos anima a ver que hay personas que desempeñan bien su trabajo, y que estarían dispuestos a escucharte a ti si fueses acusado de un grave delito. Más allá de la intransigente y sedienta de sangre plaza pública existen las personas que deciden si ser partícipes o no del griterío de la plaza. Quizá lo único reprochable de estas personas es que decidan quedarse en casa tranquilas. Si los unos ladran en pro de la quema de brujas, ¿por qué no luchar en contra de las atrocidades ―quizá hasta sin quebrarse las cuerdas vocales―? El problema, quizá, como escribía Nietzsche en su libro "Así habló Zarathustra", en el capítulo "De las mil metas y de la única meta" sea, y cito: "...Mas decidme, hermanos: si a la humanidad le falta todavía la meta, ¿no es que aún falta también ella misma?".

[...] artículo es una continuación del anterior, en el que se aseguraba el derecho a ser oído públicamente. Añade sin embargo un matiz esencial: no es sólo que tengamos derecho a ser escuchados, sino incluo [...]