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Ciencia y verdad

Los límites del ser humano, los límites de la ciencia

Una de las ideas dominantes en nuestro tiempo es la que identifica ciencia con verdad. Se trata probablemente de uno de los prejuicios que más daño hacen a la propia ciencia en tanto que distorsiona su actividad real, objetivos y condiciones. Pero a la vez son a veces los propios científicos los que la respaldan, presentando sus conclusiones y trabajos de una forma un tanto dogmática. Algo que habitualmente hacen, de manera llamativa, cuando desbordan los ámbitos de su propia actividad: si se adentran, pongamos por caso, en cuestiones filosóficas, parecen dejar de lado el rigor y la sistematicidad que les caracterizan, para defender sus ideas con una pasión más que dudosa. El caso es que el problema de la fundamentación de la verdad del conocimiento científico ha traído en jaque a los filósofos durante muchos siglos, y ha cobrado una especial relevancia en las últimas décadas. Es sin duda esta una de las características más curiosas de nuestro tiempo: con mucha frecuencia la sociedad da por sentadas cosas que aún se siguen discutiendo entre especialistas, lo cual no parece importar demasiado.

La intuición más inmediata confirma el valor de la ciencia por una razón muy sencilla: todo lo que dice la ciencia se puede demostrar. Hay formas de comprobar que la ciencia se ve contrastada por los hechos, y no hay mejor fundamento que la propia reaidad para respaldar el conocimiento científico. El problema de esta teoría, que en filosofía se denomina verificacionismo, es que asume una hipótesis imposible de demostrar: la regularidad de la naturaleza. La crítica de Hume al razonamiento inductivo apunta precisamente en esta dirección: que la naturaleza se haya comportado de un modo determinado un número finito de veces no significa que lo vaya a hacer siempre. Científicos de la talla de Russell, que no era ningún estúpido, dieron crédito a Hume, y afirmaron que siempre hemos de admitir cierto grado de probabilidad en la ciencia. Un grado todo lo pequeño que se quiera, pero que nunca puede ser igual a cero. La verdad de la ciencia, al margen de consideraciones de tipo histórico, sociológico, cultural o económico, es limitada: hay criterios epistemológicos que así lo atestiguan.

Karl Popper, reaccionando al fracaso del verificacionismo, propuso en su día una teoría opuesta: el falsacionismo. En cierta manera, la teoría de Popper otorga a la ciencia una presunción de inocencia (o de verdad): las teorías son ciertas siempre que no se demuestre lo contrario. La misión del científico no consiste en respaldar o confirmar cierta ley, sino precisamente en buscarle las vueltas, idear experimentos que puedan demostrar su falsedad. Cuantas más veces hayamos puesto a prueba a la ciencia, mejor que mejor. Se supera así el problema de la inducción, pero siguen apareciendo dificultades: para empezar es imposible elaborar lo que se llaman experimentum crucis, es decir, experimentos que ayuden a dilucidar de una vez por todas si una teoría es falsa o no lo es. Y es que aun asumiendo la teoría de Popper estaríamos en una complicada situación: en el mejor de los casos el conocimiento científico estaría caracterizado por su provisionalidad. Es cierto hoy, pero podría dejar de serlo en el futuro. Si aceptamos el verificacionismo, la ciencia es un conocimiento probable. Si adoptamos el falsacionismo, provisional. ¿Y cómo es posible entonces que haya tanta gente que lo considera como definitivamente verdadero"

Existe algo aún peor (desde mi punto de vista) en la Ciencia actual. Porque en la actualidad ya no se identifica ciencia con verdad, sino, con utilidad. A la ciencia, al menos a la física, ya no le interesa saber si está o no describiendo la realidad. A la física ya no le interesa saber qué es lo que está describiendo- o qué hay detrás del formalismo matemático-, sino, si “funciona”. Preguntas, Miguel, ¿Y cómo es posible entonces que haya tanta gente que lo considera como definitivamente verdadero? Personalmente considero que si la gente considera a la ciencia como definitivamente verdadera no es por lo que atañe a su contendido científico sino por lo que atañe a la visión materialista que presuntamente se deriva de ella.