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Ciencia y metafísica

¿Ha matado la ciencia a la metafísica?

Una de las críticas más habituales hacia la metafísica, formulada en ocasiones desde la propia filosofía, señala su abstracción y su inutilidad, la imposibilidad de contrastar el discurso que la filosofía elabora sobre la realidad con una naturaleza esquiva al concepto. Sabemos que esta crítica suele proceder desde las más variopintas versiones del empirismo o del positivismo. La otra cara de la moneda suele ser la defensa de lo que podríamos llamar una visión científica del mundo, que habría venido a ocupar el lugar de la metafísica. El alto grado de formalización dota a la ciencia de dos cualidades de las que carece la filosofía: capacidad de predicción y de construir leyes con un valor prácticamente universal. Este proceso de suplantación se inició allá por el siglo XVIII: sin que Newton lo supiera, estaba poniendo las bases de una nueva forma de ver el mundo, que terminaría aniquilando cualquier reflexión especulativa sobre la realidad. Kant no tardó demasiado en darse cuenta de esta transformación: en su obra principal concluye entre otras cosas que la metafísica no es posible como ciencia.

El resto de la historia se resume en pequeños fogonazos metafísicos, que han sido convenientemente apagados por las tranquilas aguas de la ciencia, cuyo progreso ha sido tan espectacular que no faltan por ahí quienes piensan que es cuestión de tiempo que la ciencia logre dar una respuesta a todas las preguntas que se hace el ser humano. Dando la espalda, curiosamente, a algunos de los resultados científicos más relevantes que marcan fronteras en la propia naturaleza y en nuestra propia capacidad de conocimiento: la exaltación metafísica de la ciencia se ve obligada a ignorar a la propia ciencia, pero esto es ya harina de otro costal. La cuestión es que hoy el discurso predominante sobre lo real procede del terreno científico y no del filosófico. Adoptando una doble estrategia: ofreciendo el fundamento matemático, físico o biológico para aquellas preguntas que cree poder responder y rechazando aquellas otras que considera aún inalcanzables, desdeñándolas con calificativos que vienen a decirnos que esas preguntas son improcedentes.

El gran problema de fondo es que la ciencia lleva consigo una metafísica determinada, que no siempre sale a la luz, y de la que quizás tampoco se sea muy consciente. El problema de convertir el diálogo metafísica-ciencia en un monólogo exclusivamente científico (y no precisamente humorístico, tan de moda en estos años) es, para empezar, que no hay posibilidad de réplica. Ciencia es ciencia. Y el resto sobra. Esta actitud está ampliamente extendida dentro de la construcción científica de la realidad, lo que de alguna forma otorga un monopolio peligroso a la ciencia, otorgándole una autoridad epistemológica e incluso moral más que cuestionable. No es sólo que el soliloquio científico pueda ser intolerante: es que frecuentemente ni siqueira reflexiona sobre sus presupuestos. La metafísica científica conlleva, como toda metafísica, una visión especial y particular de conceptos clave como espacio, tiempo, materia o vida. Y aunque se sepa que son todos discutibles, se elude el entablar diálogo con la filosofía, aunque sea una filosofía abierta al discurso científico. Dejando de lado en todo momento que quizás las respuestas científicas no sean las que responden a las preguntas de la metafísica. Preguntas de áreas distintas que tratan de responderse desde una sola: esta es la tragedia de nuestro conocimiento hoy. Y no parece que el problema esté en vías de solucionarse. Larga vida a la ciencia, pero con filosofía. Esta divisa, que tan sólo pretende mantener vivo el intercambio de ideas es inaceptable para una concepción particular de la ciencia, que está muy extendida en nuestros días.

Desde mi punto de vista la ciencia en la actualidad adolece de dos profundos errores. El primero es que se ha vuelto materialista. Una cosa es que la ciencia estudie la materia y otra bien distinta es que asegure que fuera de lo material no existe nada. Y es un profundo error no sólo por las consecuencias a las que llega (que también, al menos, desde mi punto de vista) sino que al abrazar una doctrina filosófica como es el materialismo está excediendo su propio campo de estudio. Y el segundo es que existe una gran corriente en la actualidad que defiende que la ciencia no estudia la realidad (y ahí está la visión predominante en la física cuántica). Esta visión nace de la visión Kantiana sobre el conocimiento. Y por tanto, lo que se defiende, es una visión técnico-pragmática de la ciencia. No podemos conocer la “realidad en sí” sino tan sólo sus aspectos fenoménicos. Sería interesante hablar de la magnífica disputa en torno a este tema entre Bohr y Einstein en las conferencias Solvay. Por eso creo que tienes toda la razón, Miguel. La ciencia, lo quiera o no, lo sepa o no, abraza sin ningún tipo de rubor una determinada concepción metafísica sobre qué es la realidad y sobre lo que es el conocimiento y lo que se puede o no conocer. Lo indignante es que lo nieguen sistemáticamente. Y no me refiero a los padres de la física cuántica y de la relatividad a los cuales es un deleite leer. Me refiero a personajes como Dawking o Stephen Hawking, y general, a los científicos de “última generación” cuyos conocimientos filosóficos dejan bastante que desear. Por cierto, hay algo en la que hacía bastante hincapié Zubiri. Y es que a pesar de todo lo que se diga no tiene porque hacerse una “crítica” previa sobre lo que se puede conocer antes de abordar el problema de la realidad. Y no se puede por la sencilla razón de que ambos términos (realidad y conocimiento) son términos congéneres. Es decir, Kant, lo quiera o no, lo explicite o no, en su “crítica” ya poseía un concepto de lo que es la “realidad” (en este caso un concepto de la “realidad” como sustancia). Y al abordar el problema de la “realidad” va implícita una vía de acceso o conocimiento sobre ella. Cómo se va desarrollar un concepción de aquello que puedo conocer si no sé previamente qué es aquello sobre lo que voy a conocer. Un saludo