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Metrópolis

Un clásico de ochenta años con una larga vida por delante

Caráctula de MetrópolisTraer a colación una película de los años 20 parecerá a muchos un anacronismo. Especialmente a los lectores más jóvenes, si es que los hay: mucho se ha rodado desde entonces, y el cine de hoy no tiene mucho que ver con el de hace más de ochenta años. Sin embargo, Metrópolis vuelve a estar de actualidad: hace poco saltaba a la luz la noticia de que se han recuperado más de veinte minutos de metraje. A esto hay que sumarle la propia temática de la película: la obsesión por la mecanización del trabajo, la explotación del obrero y las diferencias entre clases sociales. Temas que hoy pueden considerarse superados, en función de la zona del mundo en que se mire. O que, desde otro punto de vista, pueden estar tan vigentes como hace ochenta años, con el particular peligro de que la globalización es capaz de esconder esas situaciones de opresión.

El argumento es de sobra conocido: un mundo futurizo, no tan lejano ya en el tiempo respecto a los tiempos que vivimos ahora, en el que hay dos clases sociales totalmente diferenciadas. Explotadores y explotados. Cuando surge el amor entre dos personas de distinta clase social, el sistema se empieza a derrumbar. Aparecen así temas clásicos mezclados con otros que están configurando aún la cultura de nuestro tiempo. El amor imposible y la lucha por la dignidad del ser humano vienen de antiguo, pero cobran nuevas perspectivas ante la fascinación por la máquina que termina conduciendo, paradójicamente, a la maquinización del ser humano. Todo un síntoma: queremos que las máquinas sustituyan al ser humano y terminamos transformando al humano en máquina, o sí al menos cubriéndole de máquinas.

Desde un punto de vista técnico, la película sorprende por la capacidad de crear situaciones y efectos con la escasez de medios de la época. Durante mucho tiempo fue un referente, y hay quien dice que marcó un punto de inflexión en la historia del cine. Ingenio cinematográfico puesto al servicio de lo que debería ser toda película: contar una historia que logra ir más allá del tiempo en el que se escribe. En este caso nos encontramos además con una película comprometida, que incluye un mensaje lleno de crítica social y de ideas revolucionarias, no muy lejanas del marxismo. La propia conclusión de la película podría servirnos perfectamente para una reflexión actual: el corazón ha de ser el intermediario entre el cerebro y la mano. Son tantos los temas filosóficos que aparecen que bien podría hacerse un trabajo similar al que apuntábamos hace unos días al hablar de Kubrick y la filosofía: seleccionar las escenas más significativas para comentarlas en clase. Trabajo que merece la pena con Metrópolis por un motivo bien sencillo: podemos estar casi seguros de que las gran mayoría de los alumnos no ha visto una de las pocas películas que ha sido designada por la UNESCO memoria del mundo.

No sé si habrás visto la versión con los 20 minutos "perdidos", pero este añadido hace que el mensaje de crítica social e ideas revolucionarias no se diluya, pero adquiera un sentido muy ambiguo, que fácilmente puede interpretarse como defensor de las teorías nazis (la clase obrera y el capital dándose la mano al final, la desconfianza hacia el mundo moderno...). Eso hace aún más apasionante el estudio de Metrópolis, al ser un ejemplo tanto de lo fácil que es manipular un discurso con unos pocos añadidos o recortes como de lo cercanas que pueden estar ideologías aparentemente extremas. Saludos.