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La ciencia en pañales

Lucha de teorías en torno a la agitada vida de los bebés

Que la medicina es una ciencia muy particular es algo que ya hemos comentado por aquí más de una vez. Pero dentro de la misma hay ramas y ramas. Y como en tantas otras ciencias, aparecen a menudo teorías contrapuestas. Un ejemplo paradigmático lo encontramos en la pediatría. Un saber y un hacer que se ve rodeado además de cientos de hábitos y remedios ancestrales, de una sabiduría popular que, más que en ningún otro campo, cuestiona sin tapujos lo que recomiendan aquellos que en teoría son especialistas. Por eso es fácil comprender que criar un hijo implique entre otras muchas cosas estar expuesto al cajón de opiniones y juicios más grande, contradictorio y confuso que se puede encontrar en el campo de la salud. Y eso que los bebés hacen, en teoría pocas cosas: comer, dormir y evacuar. Pues bien: sobre tres actividades tan sencillas como indispensables para el ser humano existen teorías y visiones tan radicalmente distintas que lo mejor es hacer oidos sordos a todo lo que se dice, y tratar de aplicar aquello que nos aconseje el sentido común.

Las teorías del comer son un asunto bien polémico: la dominación de la exacerbada defensa de la lactancia, lleva a crear en ocasiones cargos de conciencia en aquellas madres que, sencillamente, no pueden satisfacer las demandas de sus hijos. La intolerancia hacia los que se ven obligados al bibierón salvífico está recogida incluso en la ley: ninguna farmacia puede hacer propaganda de leche de fórmula, ni mucho menos ofertas de la misma. Una más de las hipocresías sociales, no exenta de contradicciones, pues los permisos y ayudas que reciben las madres difícilmente son compatibles con esa idea de la mujer trabajadora en condiciones de igualdad con el hombre. Los juicios inquisitoriales apuntan también hacia el estado final de lo que tan ansiosamente devoran los bebés: la frecuencia y textura de la deposición se convierte en un asunto capital, que todo padre debe controlar estrictamente para que el retoño entre en "la norma". Una vez después de cada comida. Que no sea muy duro. No, no, tan blando se acerca mucho a la diarrea. Dando por supuesto, faltaría más, que los millones de niños que vienen a este mundo en un solo año deben estar en las mismas condiciones y pasar por los mismos procesos en los mismos tiempos. Eso sí que es ciencia y sistema, caray.

El colmo de la controversia se alcanza con el polémico tema del sueño. Ahí la guerra entre los "estivlistas" y los "gonzalianos" está servida. Aquellos exhiben orgullosos la bandera de la autonomía del bebé que ha de dormir de forma autónoma a partir de mes estipulado en su biblia (Duérmete niño). Para ellos, los recién nacidos son intrigantes chantajistas, dispuestos a boicotear el sueño y descanso de sus padres. El batallón que le disputa la batalla del sueño está liderado por Carglos González (Quiéreme mucho): todo llanto del bebé implica necesidad de algo, sea comida, limpieza o, fundamentalmente, cariño. Por ello, los padres deben estar dispuestos a ofrecer en todo momento sus brazos, caricias y besos para que el bebé se sienta acompañado y crezca seguro de sí mismo. Se intercambian ambos bandos apelativos nada cariñosos, por cierto: los estivilistas son descalificados como nazis, autoritarios e inhumanos (como se ve, lo de dar cariño es sólo para los bebés, no para los adultos) y los gonzalianos son consentidores, mimosos e incapaces de decir no a sus hijos. Y no entramos hoy en otros asuntos pediátricos: cuando empezar a comer qué alimentos, cómo afrotnar catarros, mocos y fiebres, etc. Esta ciencia, como tantas otras, está en pañales y es capaz de convertir en un auténtico misterio las tres ocupaciones que más tiempo roban a los recién nacidos: dormir, comer y cagar. Grandes enigmas de la ciencia (pediatrica).

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