Debates, dudas y charlas filosóficas
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Nada sabemos del hombre Neandertal, pero es probable que los piratas hayan nacido al mismo tiempo que la navegación, cinco milenios antes de Jesucristo en los parajes de Arabia. Todavía hoy el Golfo Pérsico tiene una “Costa de los Piratas”. Más tarde estos trafican por casi todas partes, a lo largo de África y de Creta, en Asia Menor, en China, en Libia, en Egipto, en Grecia. Montesquieu pretende que los primeros griegos eran todos piratas. Tal vez exagere, pero el poema más antiguo del mundo está plagado de ellos. Homero habla de este arte con respeto y como de un oficio delicado. Aunque sus riesgos no eran despreciables. El pirata tenía que habérselas no sólo con marinos y soldados, sino también con dragones, tritones, quimeras o sirenas, tal vez lemures o arpías.
El pirata es un hombre que no está contento. El espacio que le asignan la sociedad y los dioses le parece estrecho, nauseabundo, inconfortable. Se acomoda a él durante unos pocos años y después dice “¡basta ya!” y se niega a jugar el juego. Lía el petate, baja de sus montañas de Capadocia, de Escocia o de Noruega y llega a la costa. Captura un navío se enrola en un corsario y, con buen viento, se pone en franquía. Pero son muchos los hombres que no están contentos, y pocos los que toman el barco. Casi todos se quedan apoltronados en sus casas de labor, en sus cuchitriles o en sus segundas residencias. A esta especie pertenecemos todos nosotros. Se trata de una especie lúgubre, insípida, envidiosa. La marginación no es su fuerte; la generosidad tampoco. La poca rebeldía de esta especie se caracteriza por su blandura, soñolencia, refunfuñeo, entre su gruñido y la revolución de Lenin, se extiende un vasto espacio ocupado por las maniobras de los piratas. Allí se cruzan con otras bandas de parias, con los anarquistas y sus bombas, con el Marqués de Sade, en sus látigos y sus hierros, con la Mafia y sus parabellum, con Fournier y sus reglamentos, con Malatesta y Espartaco. Sin embargo no todos los rebeldes son iguales: los piratas son más radicales y su rebeldía más desesperada, es la rebeldía del que no espera nada, ni siquiera la vanidad de dar sentido a su muerte. Se apodera de un tablero, lo rompe en mil pedazos, pero no se le ocurre hacer otro nuevo. Sin embargo la aventura está cerrada, y ninguna arboladura desconocida cruza ya por las brumas y los centelleos de los Trópicos. Pero el veneno no se ha evaporado, de ahí que volvamos en ocasiones a gustar de él.
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