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Guillermo de Ockham (VI-2006)

Propuesta de resolución del texto extraído de Suma de la lógica. Examen de Selectividad de la UCyL de Junio de 2006.

Texto para comentar

» Comentario de texto propuesto en el examen de selectividad de las Universidades de Castilla y León de junio de 2006. Vea también los apuntes sobre este autor.

Guillermo de Ockham, Suma de la lógica, primera parte, capítulo 5.

“Por eso hay que conceder que ningún universal es sustancia, comoquiera que se le considere, sino que todo universal es una intención del alma, que, según una opinión probable, no se distingue del acto de entender. Dice esa opinión que la intelección con la cual entiendo al hombre es signo de los hombres, tan natural como lo es el gemido de la enfermedad, o de la tristeza, o del dolor, y es un signo de tal índole, que puede suponer por los hombres en las proposiciones mentales, como la palabra puede suponer por las cosas en las proposiciones orales.”

CUESTIONES:

  1. Explique el sentido del texto y analice los términos subrayados (Valoración 0-4 puntos).
  2. La teoría del conocimiento en Ockham (Valoración 0-4 puntos).
  3. Teniendo en cuenta la pregunta anterior, relacione a Ockham con algún otro autor o corriente de pensamiento, señalando aproximaciones o diferencias (Valoración 0-2 puntos).

Propuesta de resolución del comentario

La propuesta de resolución es siempre orientativa. Que se entienda sólo como una tentativa de solución, seguramente mejorable. No es difícil imaginar que 50 profesores de filosofía propondrían 50 soluciones distintas (y a saber qué nota recibirían en las pruebas de acceso...). Por eso, lo que ofrecemos aquí es exclusivamente una propuesta de resolución. Se puede utilizar como material de referencia para establecer correcciones (y mejorar la propuesta) o para tener una ligera idea de cómo se podrían contestar las preguntas.

Pregunta 1

Para ayudar a explicar el sentido del texto situaremos al autor, la obra y el fragmento en su contexto histórico-filosófico. El párrafo propuesto pertenece a Guillermo de Ockham, uno de los filósofos más importantes y polémicos de la baja edad media. Aunque si filosofía aborde muchos de los problemas “clásicos” de la edad media, su forma de enfocarlos le acercará mucho más a la filosofía moderna, lo que tuvo desagradables consecuencias incluso para su vida personal: sus constantes críticas a la iglesia y su rechazo de ideas escolásticas muy arraigadas en la tradición filosófica medieval llegaron a acarrearle, según algunos cronistas, la excomunión y la acusación de herejía. En el fondo, su pensamiento refleja las tensiones internas de un siglo en crisis, el XIV, en el que una concepción del mundo (teocentrismo medieval) irá dejando paso de un modo progresivo a nuevas ideas en todos los órdenes (filosofía, ciencia, arte, religión…) lo que cristalizará en el renacimiento y la modernidad. Por eso la filosofía de Ockham se caracteriza por la continuidad de los temas medievales, pero también por la ruptura, la originalidad y la novedad que aportará en la resolución de estos problemas.

En cuanto a la obra, la Suma de la lógica se inscribe dentro de la tradición escolástica, según la cual la lógica era una de las disciplinas filosóficas más importantes. Los filósofos medievales, siguiendo el camino iniciado por Aristóteles, utilizaban la lógica como un poderoso instrumento destinado a articular y defender las propias ideas (piénsese en la estructura argumentativa y dialéctica del método escolástico) y a organizar diferentes demostraciones. La discusión que nos presenta Ockham en la Suma de la lógica gira en torno al problema de los universales, desarrollando su teoría nominalista, una de sus ideas centrales y quizás la mayor aportación de Ockham a la historia de la filosofía. La pregunta centras de este problema (¿Qué son los universales?) trata de determinar la referencia de las categorías universales que aparecen en los silogismos, implicando por tanto a áreas como la lógica, la metafísica o la filosofía del lenguaje. Con esta obra, Guillermo de Ockham sentará las bases del empirismo y será capaz de anticipar planteamientos e ideas típicamente modernos al resolver un problema medieval como el de los universales.

En el fragmento propuesto, presenta Ockham una de las tesis centrales del nominalismo. Así, este texto podría responder a la pregunta que fue tan discutida a lo largo de la edad media: ¿qué son los universales? Frente a la respuesta del realismo exagerado y del realismo moderado, el texto ofrece la solución nominalista: los universales no tienen una existencia real, es decir, no son sustancia. A continuación, nos explica Ockham qué son los universales, respondiendo implícitamente a la pregunta anteriormente planteada (que podría reformularse así: si los universales no existen, ¿qué son los universales que utilizo diariamente en el lenguaje). La respuesta de Ockham es muy inteligente: los universales son intenciones del alma. No tienen existencia propia, sino que se agotan en el acto de entender. El universal no está en la realidad sino en nuestro pensamiento, y tiene la capacidad de suplantar la realidad que significa. El texto a comentar viene así a resumir dos de las ideas más importantes de la Suma de la lógica, tanto por la crítica que supone respecto a teorías anteriores como por las consecuencias que tendrá en el pensamiento posterior.

Explicado el sentido del texto, pasemos a continuación a caracterizar los términos subrayados:

 

Universal: el universal es una intención del entendimiento, un acto singular (y convencional) por el que nuestro entendimiento tiende a significar una pluralidad de entidades particulares, que son conocidas de un modo directo, inmediato e intuitivo, siendo el fundamento de estos actos singulares la semejanza que hay entre esta pluralidad de particulares.

 

Sustancia: desde la teoría nominalista de Ockham, sólo podemos denominar sustancia a las entidades particulares. Sólo las cosas concretas son sustancia, y debemos evitar la trampa de la razón de pensar que los universales (categorías creadas por nuestro pensamiento) son sustancia. Para Ockham sólo lo particular es sustancia: no existe la rosa o el caballo, sino esta rosa o este caballo.

 

Intelección: es el acto de conocimiento por el que formamos el universal con el que nos referimos a las cosas. A partir de la intuición sensible de las cosas, la intelección forma una imagen mental de las mismas, que después tiene la capacidad de suplantar la cosa que la originó. La intelección sería, así, el proceso mental y abstractivo por el cual formamos los universales, que tan sólo existen en nuestro pensamiento.

 

Signo: es cualquier entidad sensible capaz de sustituir las cosas concretas a las que se refieren. La utilidad del signo está precisamente en la riqueza expresiva que nos ofrece, ya que no necesitamos de la presencia de las cosas para referirnos a ellas. Basta la utilización del signo, en este caso el lingüístico, para que hablante y oyente sepan de lo que se está hablando.

 

Suponer: es la función principal del universal y del signo. Ambos pueden “suplantar” la realidad que “significan”, es decir, ocupar el lugar de las cosas. La imagen mental creada a partir de las cosas puede suplantar a las cosas mismas, de la misma forma que las palabras pueden ocupar el lugar de las imágenes mentales.

Pregunta 2

Dividiremos la exposición de la teoría del conocimiento de Ockham en los siguientes apartados:

  1. Empirismo
  2. Negación de las ideas abstractas e innatas
  3. Consecuencias para la metafísica: particularismo
  4. Teoría de los universales: empirismo y nominalismo

La teoría del conocimiento de Ockham destaca por sentar las bases del empirismo moderno. La intuición sensible de las cosas es para Ockham el punto de partida indispensable para poner en funcionamiento todo el proceso del conocimiento humano. La experiencia sensible nos relaciona con la realidad de un modo directo e inmediato, y no tiene sentido complicar la explicación apelando a conceptos de los que no tenemos un conocimiento suficiente. Los sentidos predominan sobre la razón, que debe ser controlada por aquellos. De hecho, uno de los principios filosóficos más conocidos de Ockham está directamente relacionada con este fondo empirista que caracteriza su filosofía: según el principio de economía o “navaja de Ockham”, entre dos explicaciones cualesquiera siempre ha de elegirse la más sencilla. Y si aplicamos esto a la teoría del conocimiento, es mucho más sencillo comenzar con aquello que nos es más cercano (la experiencia sensible) y tratar de explicar a partir de ella todo el proceso del conocimiento, incluso el del conocimiento humano. Las teorías empiristas no necesitan apelar a conceptos o facultades de las que no tenemos experiencia directa (recurso que sí suele aparecer en las teorías racionalistas), y por ello, debemos preferirlas respecto a otras teorías más complejas. Así, refiriéndonos a teorías como las de Platón o Aristóteles, Ockham es capaz de explicarnos la formación de los conceptos universales sin necesidad de distinguir 4 formas de conocimiento (imaginación, conjetura, inteligencia discursiva y dialéctica) como hiciera Platón o hacer distinciones como la de entendimiento agente y paciente, que aparece en la teoría aristotélica y que tantas y tan variadas interpretaciones recibió a lo largo de la edad media, llegando a constituirse casi en un principio filosófico incuestionable.

Frente a estas teorías, y siempre con ese afán de sencillez y simplicidad que se deriva de la navaja de Ockham, podríamos explicar la formación de conceptos universales de la siguiente manera: el conocimiento parte de la intuición sensible, directa e inmediata, de las cosas existentes. A partir de la repetición de esta intuición se van formando los conceptos universales, cuyo fundamento ontológico es la relación de semejanza que existe entre las cosas de la realidad. Por así decir, la tarea de nuestros sentidos es ir descubriendo similitudes entre las cosas, e ir agrupando a aquellas que se parecen entre sí. De este modo, se crea una imagen mental de las cosas, a la cual asociamos una palabra determinada. El origen de los universales está en el conocimiento empírico, directo e inmediato, de las cosas particulares y concretas, que son la única realidad existente. El pensamiento empirista de Ockham nos remite así a la realidad material: no es posible afirmar ni empírica ni racionalmente la existencia de entidades que no se puedan conocer a través de los sentidos.

La primera consecuencia importante para la teoría del conocimiento del proceso que se acaba de describir es la crítica a las ideas abstractas y a las ideas innatas. Para Ockham, los procesos abstractivos corren el peligro de que nos perdamos entre conceptos ambiguos y oscuros, cuya referencia o significado no sea del todo clara. Lo mismo se podría decir de las ideas innatas: aunque este debate se planteará de un modo mucho más claro en la modernidad, la navaja de Ockham ya está anticipando, como hemos indicado antes, las ideas empiristas, y su clara defensa de los sentidos como fuente primordial del conocimiento, lleva implícita una crítica a las ideas innatas: si la formación de universales comienza con la percepción empírica, carece de sentido afirmar la existencia de ideas cuyo origen nada tiene que ver con la experiencia sensible. La importancia de estas ideas en todo el desarrollo de la ciencia de los siglos XV y XVI está fuera de duda: la razón humana debe alejarse de conceptos como el de Dios, alma o ley ética natural, cuyo contenido empírico es nulo, y concentrar todos sus esfuerzos en el conocimiento de la naturaleza. Igualmente, los sentidos recuperan el valor que ya les hubiera dado Aristóteles 18 siglos antes, pasando a jugar un papel central en el conocimiento humano. Por ello, las tesis empiristas de Ockham están quizás más cerca del mismo Aristóteles que todas las interpretaciones medievales de Aristóteles con las que tuvo que enfrentarse el filósofo inglés.

Otra de las consecuencias teóricas de la teoría empirista del conocimiento es la metafísica particularista de Ockham. Para el autor de la Suma de la lógica, tan sólo existe lo particular y lo concreto. Si las ideas abstractas deben ser cortadas por la navaja empirista de Ockham, llegamos necesariamente a la metafísica particularista: al no existir esencias o universales, sólo las entidades particulares y materiales son reales. O, dicho de otra forma, a través de nuestras facultades de conocimiento sólo podemos asegurar la existencia de las cosas concretas, de todo lo que percibimos a través de nuestros sentidos. Nótese que esta metafísica tiene además resonancias teológicas: el particularismo de Ockham no sólo se construye a partir de la teoría del conocimiento, sino que hay presupuestos teológicos que sustentan esta visión: si Dios es omnipotente, no es posible que existan esencias que limiten su poder creador. Dios es voluntad pura, y no tiene por qué ajustarse a unos conceptos predeterminado en la creación de los seres, ni siquiera a modelos que se dé a sí mismo. Por ello, la naturaleza es para Ockham una muestra del extraordinario poder creador de Dios, mezclándose aquí, como acabamos de comentar, ideas de la teoría del conocimiento con presupuestos de tipo teológico. Sólo lo concreto existe, y en cada cosa se manifiesta el poder creador de Dios, auténtico “artista” de la naturaleza, capaz de crear millones de seres distintos que comparten a la vez ciertas características, a partir de las cuales el ser humano forma los universales.

Para terminar de comentar las consecuencias de la teoría del conocimiento de Ockham, es obligatorio hacer referencia al nominalismo, que vendría a ser la solución más radicalmente empirista que se puede dar al problema de los universales. Como ya hemos comentado antes, los universales serían sólo nombres (“nomine”, de ahí “nominalismo”) y en ningún momento se podría afirmar su existencia real. Su formación está directamente relacionada con la teoría del conocimiento: la observación de las entidades particulares nos lleva a descubrir semejanzas en la realidad que terminan formando una imagen mental común de la pluralidad de realidades que observamos. A esta imagen le asociamos una palabra de un modo convencional, y el error común consiste precisamente en “sustancializar” esta palabra, es decir, en pensar que esta palabra (como universal, es decir, como idea única común a múltiples realidades) tiene una existencia real. Este error le cometió Platón al hablar de las Ideas, y también Aristóteles, al referirse al concepto de forma. El empirismo de Ockham le lleva encontrar una solución mucho más radical: el universal no existe, ni en las cosas (forma aristotélica) ni fuera de las cosas (Idea platónica). El universal existe sólo dentro del lenguaje, es decir, es únicamente una palabra que designa una imagen mental creada a partir de la observación directa e inmediata de las cosas. La relación entre estas y la imagen mental es natural, mientras que la relación que se establece entre la imagen mental de las cosas y la palabra es artificial. El empirismo que va asociado al nominalismo convertirá a Ockham en una de las fuentes de que las beberá, siglos más tarde, el empirismo inglés, representado por autores tan importantes como Hobbes, Locke o Hume.

Pregunta 3

Puesto que hemos desarrollado las ideas más importantes de la teoría del conocimiento de Ockham, le compararemos con dos autores posteriores, como son Descartes y Hume, en cuyos sistemas la teoría del conocimiento juega un papel fundamental. Comenzaremos comentando las similitudes entre Ockham y Hume:

Para empezar, tanto para Ockham como para Hume el conocimiento humano comienza con la experiencia sensible. Esta idea que aparece ya en la filosofía de Ockham, será desarrollada hasta sus últimas consecuencias en la obra de Hume: para el autor escocés, todas aquellas ideas que no se originen en la experiencia sensible deben ser rechazadas. A este respecto, si la filosofía de Ockham representó un distanciamiento respecto a todos los desarrollos de la filosofía escolástisca de su tiempo, las ideas de Hume representan una dura crítica a todas las ideas racionalistas, que privilegian el conocimiento racional sobre el sensible.

Como contrapartida de este parecido, ambos critican las ideas abstractas. Como hemos visto antes, el empirismo de Ockham es uno de los fundamentos de su teoría nominalista, según la cual los universales son sólo palabras. Los conceptos abstractos son también palabras, que además carecerán de significado si no encuentran una contrapartida real, es decir, una cosa particular y concreta que sustente la creación de este universal. No en vano una de las ideas más polémicas de Ockham será la imposibilidad de establecer un conocimiento racional de Dios. Igualmente, la filosofía de Hume implica una dura crítica a conceptos como el de causa y sustancia, dos de los conceptos más importantes de la metafísica. Para ambos autores, por tanto, la razón debe ponerse en entredicho, al ser una facultad que tiende a producir conceptos desligados de toda experiencia sensible, por lo que los sentidos se convierten en una instancia crítica respecto a las ideas creadas por la razón.

Un tercer parecido entre Ockham y Hume será la concepción de la realidad. La metafísica particularista de Ockham podría relacionarse sin problemas con la metafísica fenomenista de Hume. Si para Ockham la realidad está formada por entidades particulares que podemos percibir, el autor del Tratado de la naturaleza humana entiende la realidad como el conjunto de fenómenos que podemos percibir en el momento presente. La íntima relación que en todo sistema filosófico existe entre teoría del conocimiento y metafísica hace que el particularismo y el fenomenismo compartan muchos aspectos comunes, siendo en realidad la fuente común del empirismo y la importancia del conocimiento sensible la que sustenta esta similar interpretación de la realidad.

En cuanto a las diferencias, Descartes da mucha más importancia a la razón humana que a los sentidos. Para el autor francés, los sentidos ofrecen un conocimiento dudoso e inseguro, por lo que el conocimiento racional (caracterizado por la certeza y la evidencia) será mucho más fiable que el empírico. Esta confianza cartesiana en la razón humana sería inaceptable para Ockham: la aplicación del principio de economía (navaja de Ockham) afecta precisamente a todas las ideas producidas por la razón, sospechosas de ser construcciones alejadas de la realidad que nos rodea.

También será distinta, en consecuencia, su valoración de las ideas abstractas e innatas. Si Ockham niega las ideas innatas, y critica la existencia de ideas abstractas, Descartes se sitúa en las antípodas de este planteamiento: las ideas innatas juegan un papel muy importante en su sistema filosófico (una de ellas será la clave para la demostración de la existencia de Dios), que es, en realidad una construcción puramente racional, fundada en ideas abstractas como la conciencia humana. La filosofía cartesiana emprende un camino hacia la introspección del pensamiento, mientras que la filosofía de Ockham intenta que el ser humano deje de pensar en cuestiones teológicas imposibles de resolver para retomar el contacto con las cosas.

Como consecuencia de todo esto, Dios recibirá un tratamiento bien distinto. Parece contradictorio que un autor como Ockham niegue la posibilidad de que el ser humano demuestre la existencia de Dios o pueda conocer su naturaleza, mientras que un autor moderno como Descartes nos ofrezca al menos 3 demostraciones distintas de la existencia de Dios, basándose en la razón humana. Mientras que para Ockham la proposición “Dios existe” sería indemostrable a través de la razón, y por tanto una verdad de fe, Descartes considera que se trata de una proposición demostrable de un modo racional.

A modo de conclusión, cabe destacar la importancia de la filosofía de Ockham. Supone, por un lado, una profunda renovación de toda la tradición escolástica, demasiado influenciada por problemas teológicos y por una interpretación de la filosofía aristotélica muy condicionadas por dichos problemas. Esta labor crítica, situará a Ockham mucho más cerca del renacimiento y la modernidad. Su filosofía representa un decidido impulso de la ciencia, que será entendida además de un modo más empírico. Con menos condicionantes teológicos, la ciencia estará preparada para nuevos avances y nuevas formas de investigación que empezarán a plantearse a finales del siglo XV y a lo largo de todo el XVI. En cierta forma, la filosofía de Ockham es el punto de partida de todo el pensamiento empirista anglosajón, que alcanzará en autores como Locke y Hume su más alto desarrollo.