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¿Quién corrompe a quién?

Carátula de Los idus de marzoGuárdate de los idus de marzo. La frase viene siendo repetida desde hace siglos y se ha convertido en uno de los lemas permanentes de la política. Ese terreno que últimamente empezamos a concebir como un mal necesario. O quizás: más mal que necesario, ya que empieza a haber quienes cuestionan seriamente hasta qué punto la sociedad necesita, en el sentido fuerte de la palabra, las instituciones políticas que hay en la actualidad. Una idea tan vieja como probablemente lo sea la experiencia política humana: el poder corrompe. Esto es precisamente lo que trata de mostrarnos la película: las maniobras que se dan en la sombra de la política son mucho más decisivas e importantes que lo que se ve. Cualquier información que aparece en un periódico, lo que se dice en un discurso de campaña, o lo que se anuncia tras una reunión de ministros es sólo las migajas de lo que se mueve entre bambalinas. Juegos de poder y falta de trasparencia: esta es la visión de la política que nos ofrece la película.

Con todo, no hay que caer en el error de pensar que esta lucha se produce entre partidos rivales, o entre líderes que aspiran a un mismo puesto. Todo lo contrario: los propios compañeros de campaña son las mayores amenazas. Una experiencia que traspasa la pantalla: por lo que dicen muchos políticos, las mayores patadas se terminan recibiendo dentro del propio partido. De manera que el mensaje de la película es claro: si lo que vemos los ciudadanos de la política apesta en muchas ocasiones, lo que ocurre detrás de los telediarios es aún más asqueroso. Y la reacción más sencilla teniendo en cuenta los tiempos que corren es terminar de ver la película y pegar un buen repaso a todos los que están ahora mismo ocupando algún cargo de responsabilidad en las diferentes instituciones del estado. Ya lo sabemos todos: los políticos son percibidos por los españoles como uno de los grandes problemas del país.

Es posible, sin embargo, una lectura distinta de esta película. Porque lo fácil es rechazar la política y pensar que cualquier espectador que esté delante de la pantalla es mucho mejor que los personajes que acaban de clavarse auténticas cuchilladas, todas ellas de guante blanco, en el transcurso de la historia. Puede que en realidad estemos ante un pequeño tratado de antropología humana: cuántas veces se reproducen estos comportamientos en el lugar de trabajo. La pregunta no es, por tanto, cuántos de nosotros nos comportaríamos de forma similar si nos dedicáramos a la política. Más bien habría que plantearla en términos mucho más amplios: cuántos de nosotros nos comportamos de forma similar en nuestro entorno más cotidiano, desde la comunidad de vecinos hasta cualquier otra actividad social. El tópico que nos presenta la película es que la política corrompe al ser humano. Pero no hay que olvidar que la política está hecha por humanos: quizás sea el humano el que corrompe la política. Tesis bastante más pesimista sobre la que, por otro lado, no se pronuncia la película, que termina en el mismo escenario en que empezaba: en el terreno del discurso político.